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martes, 23 de agosto de 2011

Estado aconfesional e Iglesia católica, por Marc Carrillo en El País

Viñeta de Manel Fontdevilla, Público 20 de agosto de 2011

Estado aconfesional e Iglesia católica

MARC CARRILLO 23/08/2011

El entorno que ha rodeado a la organización de la visita a Madrid del jefe del Estado vaticano, Joseph Alois Ratzinger, obliga, una vez más, a reflexionar sobre el alcance de las previsiones constitucionales acerca del carácter aconfesional del Estado, por el que "ninguna confesión tendrá carácter estatal" y de que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones" (art. 16.3). En una visita en la que, según ha informado este mismo diario, se han expuesto textos religiosos del rito católico en las fachadas de organismos públicos del Gobierno central y del autónomo. Además, la sede del Ayuntamiento ha servido como vestuario de miles de sacerdotes para celebrar una misa. También, a fin de acoger la visita de Benedicto XVI y los eventos de la Jornada Mundial de la Juventud, se han cerrado al tráfico durante siete días parte del centro de la ciudad, todo lo cual se ha justificado por la condición de líder espiritual del monarca absoluto del Vaticano, del que muchas personas "van a escuchar un mensaje de esperanza en un mundo tan complicado como el que estamos viviendo".

Pero como resulta que, con sus luces y sombras, vivimos en una sociedad democrática, resulta ser que ante la visita del líder católico, también se han movilizado otros sectores de la sociedad que se han expresado críticamente respecto de la visita bajo el lema "De mis impuestos, al Papa cero. Por un Estado laico", propugnando la eliminación de los privilegios jurídicos, simbólicos, políticos, fiscales y económicos de los que goza la Iglesia católica. Ante tales reproches, miembros de la jerarquía católica han calificado de "paletos" a quienes los formularon; de "parásitos" a los convocantes de una manifestación crítica con la concentración, a los que además consideran depositarios "de una laicidad radical y un secularismo peligroso para la moral". Ciertamente, es una forma de libertad de expresión que ha de ser garantizada. No parece, sin embargo, que también lo sea de la tolerancia que algunos predican del catolicismo. En todo caso, es un derecho fundamental inalienable que, como es el caso, también sirve para retratar a algunos.

En este contexto, una de las cuestiones que vuelve a plantearse es hasta qué punto el poder público puede comprometer su relación de colaboración con la Iglesia católica, como ha sido ahora el tener el centro de Madrid bloqueado al tráfico regular durante una larga semana, en la que edificios públicos han hecho ostentación de mensajes religiosos, que por muy respetables que sean forman parte de las creencias privadas de un sector de la población que, en ningún caso, pueden implicar al Estado, que por prescripción constitucional carece de adscripción religiosa. Razón por la cual, un edificio público no puede expresar mensajes religiosos porque su carácter representativo de todos los ciudadanos impide a sus gestores utilizar el espacio físico del edificio para hacer ostentación de credo alguno. El mismo argumento ha de servir para rechazar prácticas que se siguen realizando en la actividad de determinados poderes públicos, como es el caso de los funerales de Estado bajo el rito católico, o las tomas de posesión de altos cargos con presencia de símbolos religiosos como el crucifijo, o la celebración de misas en centros públicos con motivo de determinadas festividades. La aconfesionalidad del Estado excluye a cualquier credo religioso y sus símbolos de la actividad regular de los poderes públicos en el ejercicio de sus funciones constitucionales.

De acuerdo con esta premisa, el genérico deber constitucional de cooperación del Estado con las diversas confesiones religiosas y en especial con la Iglesia católica, ha de ser entendido -de acuerdo con el profesor Ruiz Miguel- como un deber general de facilitación de medios, pero no de incentivación de estos. Facilitar los medios a un credo religioso para el ejercicio de la libertad religiosa se concreta en la acción de los poderes públicos destinada simplemente a allanar o posibilitar la realización de la libertad, pero sin ir mucho más lejos y, por supuesto, sin comprometer al poder público con los contenidos de la creencia religiosa. Por el contrario, concebir la cooperación como una forma de incentivación de conductas a las que los ciudadanos pueden ser opuestos -lo cual es una lógica consecuencia en una sociedad basada en el pluralismo- comporta una implicación o compromiso del Estado con determinados valores religiosos, que supone indefectiblemente la lesión de los derechos de libertad religiosa y libertad ideológica de los ciudadanos que no participan del credo religioso que el poder público se dedica a incentivar. Algunos de los ejemplos aquí citados con motivo de la concentración católica de Madrid, como los mensajes en edificios públicos o el uso de dependencia municipales, están en las antípodas del Estado aconfesional que proclama la Constitución.

Aunque ello no puede sorprender tras la pervivencia de los Acuerdos con el Vaticano de 1979, que consagraron un conjunto de privilegios para la Iglesia católica, con clara vulneración del principio constitucional de neutralidad del Estado en materia religiosa, a favor de una confesionalidad soterrada.

jueves, 18 de agosto de 2011

A hostias. Por Jesús Gómez Gutiérrez


A hostias

Artículos de Opinión | Jesús Gómez Gutiérrez | 18-08-2011 |

Es una hipótesis descabellada: al día siguiente de que un ateo prepare un atentado contra una manifestación de creyentes, un grupo de ateos sabotea una manifestación de creyentes y la policía carga contra los creyentes. Es descabellada se mire por donde se mire. En primer lugar, porque no son los ateos los que suelen organizar atentados; de hecho, la historia de las religiones es, en esencia, una historia de asesinatos y masacres en nombre de Dios. En segundo, porque no son los ateos los que suelen sabotear manifestaciones; de hecho, el grupo social más perseguido en todo el planeta es el suyo. En tercero, porque la policía suele ser la policía de los creyentes; al fin y al cabo, Dios es un negocio.

Anoche, en Madrid, sufrimos la única historia posible, la única verosímil: que un creyente prepare un atentado contra una manifestación laica, que un grupo de creyentes saboteen una manifestación laica y que la policía cargue contra los laicos. Es lo normal. Lo de todos los días. Tanto si gobierna la caspa nacionalcatólica como si gobierna ese club de nuevos aristócratas que se llaman socialistas. Tenemos un rey nombrado por un dictador que mató a cientos de miles de personas con el apoyo de la Iglesia católica; tenemos una Constitución surgida de un acuerdo con los asesinos de la cruzada nacional; tenemos un marco jurídico que impide cualquier desviación del camino trazado, tanto en lo político como en lo religioso. Si alguien cree que en el Reino de España se puede separar Iglesia y Estado, es que no ha entendido de dónde viene el reino ni dónde están los límites del régimen.

A estas horas, las calles de Madrid vuelven a ser propiedad de una amalgama de despistados, aprovechados y fundamentalistas con crucifijos. Pero no lo serán por mucho tiempo. Cuando se acabe el dinero público que ha pagado sus vacaciones, se marcharán a sus países y las calles de la ciudad volverán a ser las de costumbre, poco amigas de la superstición. Nosotros no podemos hacer gran cosa para que la base social de las derechas, eminentemente católica, despierte y empiece a quitarse las cadenas; pero podemos hacer bastante para que la base social de la izquierda, eminentemente laica, pase factura al otro responsable directo de lo sucedido ayer, el PSOE. Que los socialistas se queden con su policía y su concordato con la Iglesia, peor que el del franquismo. Veremos cuántos votos sacan a hostias.


miércoles, 14 de abril de 2010

martes, 3 de noviembre de 2009

"Cruces son sombras", por Ignacio Escolar en Público, el 3 de noviembre


Noticias así son las que te reconcilian con Europa: el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha declarado la presencia de crucifijos en las aulas como una violación de “la libertad de religión de los alumnos”. La sentencia llega tras la denuncia de una madre italiana, una santa, que después de perder en todos los tribunales de su país, recurrió a Europa y ganó. La mayoría de los partidos italianos ha criticado la decisión judicial; dicen que la cruz es “simbólica”, como si la palabra fuese sinónimo de irrelevante. Incluso el líder del centro izquierda, Pier Luigi Bersani, se ha puesto del lado del crucifijo, “una antigua tradición” que “no puede ser considerada ofensiva para nadie”.

Se equivoca Bersani, y no sólo porque será difícil que la izquierda vuelva a ganar en Italia si su política es como la de Berlusconi pero sin velinas. Que algo sea viejo no significa necesariamente que sea bueno y respetable –pocas tradiciones más antiguas que el machismo o la tortura–. Y a mí, que debo de ser nadie, me ofende la cruz en clase porque nada más lejos de la razón que la superstición. El símbolo de la fe de algunos no puede presidir el santuario de la educación de todos. La libertad de religión, como interpreta Estrasburgo, pasa también por respetar a los que sólo creemos en la humanidad, que ya es creer.

Pero Italia no es el único país que aún tiene pendiente esa separación entre la Iglesia y el Estado que en el norte de Europa lleva décadas resuelta. Aquí, en la España aconfesional del anticlerical Zapatero, el Estado pagará la mitad de los gastos de la visita del Papa en 2011, una factura de 50 millones de euros. Lo mismo es el momento de denunciarlo ante Estrasburgo.

http://www.escolar.net/MT/archives/2009/11/cruces-son-sombras.html

miércoles, 29 de julio de 2009