martes, 16 de abril de 2013

"UPyD: el extremocentro", por Barbijaputa



El Diario, 21/02/2013

eniendo en cuenta que unas elecciones anticipadas no son ya una idea descabellada y que tanto PP como PSOE se están cargando ellos solos el bipartidismo (y con él, el gustazo del voto castigo; con lo que hemos disfrutado todos siempre yendo el domingo de elecciones a echar enfadadísimos la papeleta roja cuando gobernaban los de azul y la azul cuando gobernaban los de rojo), quizás sea el momento de ir tanteando el terreno y viendo qué alternativas tenemos los españoles. No es prisa, es que luego nos pasa lo de siempre, que no nos ha dado tiempo a leer programas electorales, ni escuchado más de minuto y medio del discurso de ningún político, ni seguido la trayectoria de ningún partido porque para qué, si son todos iguales.

Pero sobre todo, tenemos que ir ensayando desde ya y muy en serio lo de no votar a partidos que ya nos hayan robado, que esto no es tan fácil como parece, a los hechos me remito.

Un ejemplo de alternativa a lo de siempre es uno de los partidos que han crecido en intención de voto debido a la debacle del bipartidismo, UPyD, que son las siglas de Unión, Progreso y Democracia (y no Unión, Progreso y Demagogia, como mucha gente cree erróneamente). Creo que UPyD es un partido capaz de ganar unas elecciones en España llegado el momento. En otro país no, pero en España, perfectamente. Si el Partido Popular ganó unas elecciones sin programa electoral, imaginad de lo que sería capaz UPyD, que ni siquiera tiene posicionamiento político. Porque UPyD no es ni de izquierdas ni de derechas, UPyD es lo que tú quieras que sea, lo que tú necesites.

Sólo en tres aspectos son claros e inamovibles... aspectos, a su vez, fundamentales para que este país salga adelante, a saber: ETA debe desaparecer, Cataluña NO se puede independizar y los coches oficiales son ETA, ergo deben desaparecer.

Para todo lo demás, son capaces de tocar tanto los extremos que ponen de acuerdo a partidos antagónicos. Y están muy orgullosos de hacerlo, porque eso es bueno. Vosotros a lo mejor no lo véis así a simple vista, pero sí, al parecer es buena señal.

¿No es genial y muy de unión, de progreso y de democracia el término SortuETA? Yo creo que sí.

Rosa Díez, la dirigente del autodenominado Partido Magenta (Rosa=magenta, qué ocurrencia más salá, no veía una genialidad tan ególatra desde que Jesús Gil fundó un partido y lo llamó GIL), ya dejó claro en una entrevista para Salvados cuál era, básicamente, su estrategia.

A Rosa se la "refanfinfla". Ella es así, diáfana. Además se siente más cómoda jugando "de centroizquierda, pero bueno, a veces se va uno un poquito para la derecha y puede que cuele el gol. ¿Qué es lo importante? Meter gol". Me gusta esta frase porque en el hipotético caso de que gobernara algún día, nadie podría reprocharle que tomara ningún tipo de medida, ya te está diciendo que hará lo que sea para marcar gol. La pregunta que Évole no le hace es: Rosa, cuéntenos, ¿qué es para usted meter gol?

Es imposible calcular el número de votos que alcanzaría un partido como UPyD (en unas hipotéticas elecciones anticipadas) de ciudadanos que huyen de PP o PSOE y que a su vez evitan a toda costa a IU porque temen que, si llegan a gobernar, se instaure el comunismo y vengan con antorchas a quitarles sus propiedades. No hay forma de calcular cuántos votantes de estos tendrían, pero estaremos de acuerdo en que no serán pocos. Y esto, sin duda, es un golazo que le mete al país por toda la escuadra.

A Rosa le consta. También a su equipo, formado entre otros por Toni Cantó o Carlos Gorriarán. Soy muy fan de estos dos últimos y seguidora de ambos en Tuiter. Bueno, de Gorriarán ya no porque me bloqueó, seguro que por error, porque yo jamás me he dirigido a él... y ya nos quedó claro que los políticos jamás te bloquean así por las buenas en Tuiter. Los políticos, también los de UPyD, representan no sólo a ciudadanos sino también ideas, y parte de su trabajo consiste en entablar debate:
También Toni Cantó se explica genial y tiene una credibilidad envidiable. Este vídeo de la semana pasada en el Congreso, por ejemplo, muestra de principio a fin a Cantó luciendo sus dotes artísticas, defendiendo las corridas de toros al más puro estilo UPyD: sí pero no. En UPyD a lo mejor un programa claro no tienen, pero ganas de agradar al mayor número de personas posible, sí. Y muchas.

Esta intervención en concreto, a lo mejor, a Cantó se le fue de las manos porque acabó diciendo que los animales, al no tener obligaciones, no tenían derechos y por tanto no tenían derecho a la vida. Y además, como colofón, citó a Fernando Savater. Citar a una celebridad lo que tiene es que te da automáticamente la razón. Todo el mundo sabe que "si una gilipollez está entrecomillada se convierte en un axioma".

Grande el momento en que compara el matar animales para la diversión de unos cuantos a los animales que mueren en mataderos para crear alimento.

Realmente la gente no supo entender lo que Toni Cantó quería decir. Él no quería enfadar a nadie, la política de UPyD, de hecho, es completamente la contraria: no hacer enfadar a las masas bajo ningún concepto, por eso la estratagema del "sí pero no", la del "estamos a favor de esto, pero en este apartado votaremos en contra" o la del "Rotundamente quizás".

Yo lo veo brillante. UPyD son el gato de Schrödinger de la política española. Realmente el no posicionarse nunca ni de un lado de ni de otro y marear la perdiz, puede conseguir los votos de la gente que ya no sabe en qué creer ni a quién votar, que cada vez somos más.

Lo único que falla en su estrategia, de no querer parecer lo que son, son sus simpatizantes y partidarios, que les estropean la fachada.

Como aquel fatídico día en que la Falange Auténtica ofreció a Rosa Díez un puesto en sus filas.

O cuando Libertad Digital los defiende. Qué despróposito.

O cuando Ynestrillas confesó apoyar a UPyD porque es lo más parecido al falangismo.

O aún mejor, cuando Jiménez Losantos pidió el voto para UPyD.

Debe ser una putada seguir una estrategia tan complicada para conseguir que no te tachen ni de un bando ni de otro, para que vengan a joderte con su apoyo los que han entendido la jugada, pero no el hecho de que con dicho apoyo joden por completo la maniobra.

Tan listos para unas cosas... y tan espesos para otras.

http://www.eldiario.es/zonacritica/UPyD-barbijaputa_6_102949724.html

martes, 2 de abril de 2013

"El legado de Chávez: reflexión mirando a la izquierda española", por Juan Carlos Monedero



Juan Carlos Monedero. Público.es. 2 de abril de 2013

Chávez: un espejo para la decadencia de Europa
Un mes antes de la muerte del Presidente Chávez, la oposición peleaba por ver quién iba a ser el candidato que contendiera contra Nicolás Maduro, el Vicepresidente en quien Chávez había depositado su confianza política. Para esa oposición, Maduro no pasaba de ser un “autobusero”, un despreciable trabajador a quien no iban a permitir acceder al Palacio de Miraflores. Los millones de venezolanos que asistieron a la capilla ardiente cambiaron las tornas del debate. La discusión pasó a protagonizarla una vergonzante huida: todos, en esa oposición que se las prometía felices con Chávez enfermo, leyeron ese masivo apoyo de un pueblo en la calle a su desaparecido comandante como la garantía de una sonora derrota anunciada. Maduro iba a ganar aún más votos que su mentor.
Sólo “in extremis”, Capriles aceptó volver a presentarse, aunque dejando una puerta abierta para retirarse si las encuestas del último momento confirmaban un nuevo revolcón. Como algunos medios recogieron, Chávez, como un Mío Cid caribeño, ganaba una nueva batalla ahora en ausencia. Uno de los lemas de la oposición en la campaña de octubre en la que Capriles perdió por 11 puntos (“El autobús del progreso”), dejaba paso a un irónico comentario del pueblo de rojo: “Ellos tendrán el autobús, pero el conductor es nuestro”. Como planteó el profesor Iglesias, si Chávez vivo era peligros, muerto era invencible.
En un mundo saturado audiovisualmente, no es sencillo explicar por qué la figura de Hugo Chávez logró abrirse un hueco y generar tanta discusión fuera de Venezuela. Es indudable que el país caribeño, antes conocido solamente por las “misses”, las telenovelas y el “está-barato-dame-dos” de los funcionarios de la petrolera que viajaban por el mundo con aires de nuevo rico, pasó a ser conocido por otro tipo de asuntos sobre los que, sólo con esfuerzo, la izquierda podía abstenerse. Mientras Europa abrazaba con vergüenza la Tercera Vía, Venezuela se atrevía a resucitar el socialismo; mientras Europa se sometía sumisamente al doble mandato de Alemania y de los EEUU, Venezuela elevaba el tono del discurso antiimperialista y le decía al Bush de la guerra de Irak que iba dejando un pestilente olor a azufre allí donde se paraba; mientras Europa veía declinar su papel en el mundo, una América Latina cada vez más integrada dejaba de ser ese patio trasero que la condenó a la soledad durante doscientos años; mientras Europa veía languidecer su democracia, y sus políticos se convertían en un problema para la población, Venezuela confiaba en su pueblo para hacer una nueva Constitución, crear estructuras participativas e, incluso, inventar una nueva forma de Estado (el Estado comunal) para ir superando los cuellos de botella de las caducas formas políticas estatales liberales. Mientras Europa se resignaba a votar entre dos opciones políticas cuasi idénticas, cada elección en Venezuela tenía la confrontación que expresa la pugna entre modelos realmente diferentes. Mientras Europa caía bajo el abrazo neoliberal como si de un faktum divino se tratara, Venezuela convencía a América Latina en el Mar del Plata para acabar con el tratado de libre comercio (ALCA) y comenzar una reinvención postneoliberal y nacional-popular de sus países. Chávez, además, predicaba con el ejemplo. La Europa que hoy clama a Alemania por su favor está bien lejos de la Venezuela que no dudó en ayudar a los países latinoamericanos con problemas (Argentina, Bolivia, Ecuador, Cuba, Nicaragua, el Caribe de habla inglesa). América Latina, hoy, crece. Europa se hunde. Merkel no es Chávez.
Noticia de unos medios todavía libres de toda sospecha
Sólo con la desaparición física de Chávez, parecen haberse volado algunos velos acerca de su persona y de los logros alcanzados durante la última década. La Puerta del Sol de Madrid llena de gente dándole su adiós es una imagen difícil de pensar hace tan sólo 5 años. Igualmente es difícil encontrar una figura pública más insultada, tergiversada y estigmatizada en la historia reciente. Si hubiera que escoger un asunto en el cual los medios de comunicación demostraron por excelencia su condición mercenaria, Chávez sería el ejemplo perfecto. Así fue cuando los medios celebraron el golpe que le dio la patronal en 2002 (y que impidió su pueblo saliendo a la calle a rescatarlo). También cuando se descontextualizaban sus intervenciones para hacerle parecer un excéntrico, o cuando se ninguneaban sus éxitos sociales o políticos (como lograr reunir a todos los Presidentes y Jefes de Estado latinoamericanos en la CELAC o reducir a la mitad la pobreza o alfabetizar a su pueblo). No menos relevante cuando se presentó la impertinencia de un rey en plena digestión postalmuerzo (tuteando al Presidente de otro país a la borbónica manera y mandándole callar con maneras propias de su formación en el entorno directo del dictador Franco) como una hazaña bélica heroica. Sin olvidar el diario que escribió el más exitoso manual de estilo de los periodistas llevando a portada un falso Chávez entubado, o la decena de veces que el diario monárquico por excelencia mató a Chávez, lo enterró en La Habana o anunció la guerra civil que estaba al caer cada semana y a la que todavía, en esos salones, se la espera cierto es que sin mucha prisa.
La lectura socialdemócrata de Chávez
La Venezuela bolivariano no interesó inicialmente a la izquierda española. Principalmente porque no la entendió. El alzamiento de Chávez en 1992 contra Carlos Andrés Pérez fue interpretado en España desde el prisma de un PSOE que había recibido ayuda del corrupto Presidente venezolano (terminaría huido tras ser juzgado en el gobierno de Caldera). Felipe González, que ya estaba preparando su futuro como agente económico de las grandes fortunas latinoamericanas, presentó a Chávez como un “carapintada” y a CAP como una víctima del tradicional golpismo militar latinoamericano. Aunque -esta era la verdad- su amigo de la Internacional Socialista mandara al ejército disparar contra el pueblo que bajó de los cerros en 1989 en protesta por un ajuste del FMI parecido a los que ahora sufrimos en el Sur de Europa. Además, la mirada española sobre América Latina, incluida la de la izquierda, siempre ha tenido ese sesgo eurocéntrico de quien se ha creído país central y piensa que los países del sur no pasan de repúblicas bananeras. Las que nos recibieron con los brazos abiertos cuando la democracia perdió la guerra civil en 1939. Una forma poco sutil de intentar ocultar nuestra condición, en verdad, de reino bananero.
Chávez comienza cuando la historia se termina
Chávez gana las elecciones de 1998. Las ganas de cambio eran grandes, pero la desconfianza también. Chávez sacó un enorme margen al candidato de la derecha pero la abstención superó el 50%. Al salir de la cárcel por el levantamiento de 1992 –cumplió dos años de prisión que, unido a un famoso “por ahora”,  lo convirtieron en el referente del cambio- convenció a la izquierda venezolana de que la salida era electoral (había una fuerte inclinación todavía hacia la lucha armada).
La transición paradigmática propia de la época también afectó a la Venezuela que encuentra Chávez. Es el momento de la desaparición de la URSS, del fracaso de la lucha armada en casi todo el mundo, de la hegemonía neoliberal, del fin de la historia, de la entrega de la socialdemocracia a los brazos del neoliberalismo bajo la fórmula de la tercera vía, de la crisis del mundo del trabajo y de la constatación de la crisis ecológica. Sin modelo a imitar y sin hoja de ruta clara, Chávez, a diferencia de Lenin, no va conducir su proceso de cambio sobre los hombres de un teórico. Bolívar -un libertador-, Zamora -un campesino a caballo- y Simón Rodríguez -un pensador comprometido con la transformación social- son las referencias intelectuales de un proceso que, desde el primer momento, va a ir perfilándose más por sus enemigos que por sus teóricos.
El chavismo: un pensamiento nacido de la práctica
Lo que se define como “chavismo” tiene como fondo la identidad nacional-popular leída en Bolívar, el compromiso con los de abajo que define Ezequiel Zamora, el experimentalismo de Rodríguez (“Inventamos o erramos”) y el internacionalismo de Miranda, todo bajo el aire de familia de la emancipación propia de la izquierda clásica. Pero estas lecturas siempre fueron confrontadas con hechos concretos que fueron marcando el pensamiento de Chávez. Del levantamiento de 1992 (y de su fracaso), Chávez sacaría la necesidad de una nueva forma de partido diferente a los que combatía (AD y COPEI). Igualmente viene de ahí la necesidad de cambiar las estructuras políticas, convocando para ello a un nuevo constitucionalismo (superador del constitucionalismo neoliberal de las últimas décadas). De la confrontación electoral de 1998 vendría la necesidad de nuevas leyes que cambiaran la composición económica de clase del país. El golpe de Estado de 2002 terminó de alentar acerca del imperialismo y de la necesidad de armar alianzas que impidieran agresiones auspiciadas por los EEUU (y en aquél caso, por la España de Aznar). La constatación de que con el aparato del Estado heredado era imposible pagar la deuda social trajo consigo la creación de las misiones, unas políticas públicas participadas popularmente. Un proceso de cambio radical que se postula pacífico (aunque armado, como exigencia debida al comportamiento secular de EEUU en la región) necesita un pueblo con consciencia. De ahí viene el enorme gasto social en educación, en la construcción de escuelas y universidades, en libros y en informática.
En 2005, Chávez entendió que el dibujo de todos los problemas anteriores se llamaba capitalismo. Y ahí perfiló su propuesta, que no fue el “chavismo” sino el “socialismo”, trascendiendo a su persona y evitando, en un gesto de enorme generosidad, que, como ocurriera con el peronismo, hubiera seguidores de todos los colores: aunque hubieran podido existir chavistas de derechas, no puede haber socialistas de derechas. Esta condición vivencial del “chavismo”, es decir, el no depender de ninguna teoría o de la interpretación de la misma, es también un elemento que refuerza el mantenimiento del proceso aún en ausencia del líder.
Chávez: mito, realidad e identidad de Nuestramérica
Es evidente que Chávez siempre ha sido mito. En un país roto por las medidas de ajuste (multipliquen los tres años de crisis que lleva España y Portugal por seis y sabrán el estado de Venezuela cuando Chávez llegó al poder), el pueblo sólo estaba dispuesto a creer en alguien que pudiera prometer y, por alguna cualidad extraordinaria (por ejemplo, haber participado en un levantamiento y haber asumido toda la responsabilidad), cumplir. Si la España actual presenta a los políticos como el principal problema del país, ¿no es entonces normal que los líderes alternativos salgan de la necesidad de superar esa política? Eso explica la mala prensa de Chávez ante los políticos tradicionales (Chávez representa la promesa de que tendrán pronto que buscar trabajo), pero no explica por qué el pueblo cansado de las mentiras ha comprado las que hacen referencia a Chávez.
La racionalidad, tan europea, es una reflexión sobre la muerte, sobre la tragedia de nuestra finitud, sobre el devenir del ser hacia la desaparición. La racionalidad no suele convocar políticamente (recordemos el fracaso del patriotismo constitucional que quiso popularizar Habermas) porque morir por adelantado no convoca. El mito, por el contrario, invita a superar la muerte, incorpora los superpoderes de la trascendencia, niega el final de la vida y abre todos los horizontes. El mito es el combustible por excelencia de la esperanza, especialmente para los que habían perdido toda esperanza. Europa sigue sin entender a la América mestiza, golpeada por el saqueo de dos continentes -el indio y el negro-, construida sobre la cercanía del hermano y el amigo y no sobre la condición abstracta e impersonal del funcionario. Una América barroca y mágica, turbulenta, apasionada, excesiva, traviesa y sensual, que vive al día –sin futuro- porque se le despojó de la posibilidad de la previsión social. Europa no entiende la otredad del continente y, por eso, siempre lo ha despreciado con la autosuficiencia del que siempre ha puesto nombres y no se ha dado cuenta de que también ha sido nombrado (ahí están, en nuestro país, los “hispanistas”, junto a los problemas de España para encontrar su propio nombre).
Chávez, poeta popular (de joven ejerció de rapsoda en los llanos, una suerte de versolari en el campo venezolano), puso nombre a muchas cosas. Por ejemplo, cambió el nombre a Venezuela y pasó a denominarla República Bolivariana de Venezuela (Nada muy distinto hizo la república española cambiando la condición de reino del país en 1931). Nominó el ALBA, la CELAC, la UNASUR. También a Mr. Danger o al azufre de la tribuna de Naciones Unidas. Construyó igualmente una identidad incluyente para un pueblo que había renunciado a la identidad del país para abrazar una identidad local propia de las nuevas comunidades (producto del desarrollismo petrolero de los sesenta). Los barrios pobres que rodean Caracas armaron una práctica política y social parecida a la de los movimientos chabolistas de España en las postrimerías del franquismo. La diferencia está en que en la transición española, esos movimientos fueron incorporados a los ayuntamientos democráticos, olvidando su lógica comunitaria y su identidad barrial, asumiendo finalmente la lógica vertical y autoritaria del Estado posfranquista. En la Venezuela de Chávez, esos barrios no perderían su identidad local, sino que influyeron en la propuesta de Estado comunal que está definiéndose  en el país.
Así, la participación propia de los barrios se configuró en la reconstrucción de la política chavista frente a la representación propia de la política institucional. La formación popular –el saber nacido de la vida comunitaria- se confrontó con la universidad elitista que, de tanto creerse “superiores”, se alejaron del pueblo y vivieron, como los falsos sabios de Swift, en las nubes. La propiedad social se defendió frente a la propiedad privada e, incluso, frente a la propiedad estatal. Por último, el control social, en forma de “contraloría social”, se haría valer frente a las formas tradicionales de delegación política. En definitiva, fueron las organizaciones comunitarias las que emplazaron al Estado para que la identidad de la nueva Venezuela coincidiera con la identidad de los barrios: la lucha por la desigualdad, la apelación a la patria grande de Bolívar y el socialismo, cementos de ese encuentro que crece de abajo a arriba. ¿Puede entender la izquierda española que lo que desprecia como “populismo” es, en verdad, la posibilidad de reinventar la política entre un momento destituyente que no termina de triunfar y un momento constituyente que no termina de llegar?
El legado de Chávez y los retos de Nicolás Maduro: la reinvención de la izquierda en América latina

¿Qué pasó para que la democratización iniciada en Venezuela y propagada por el resto de América Latina no fracasara? ¿Qué elementos actuaron para que la suerte del continente y de los líderes alternativos no se repitiera? ¿Por qué en esta ocasión ganaron los indios?
Es indudable que el azar tiene su parte en esta historia. Porque es una historia impulsada por una persona capaz de poner detrás de él a todo un pueblo. Si algo le hubiera ocurrido a Chávez en algún momento de estos 14 años, la historia se habría escrito de otra manera. Mientras España sigue anhelando convertir en política el extraordinario impulso del 15M, Venezuela se rearmó políticamente con un referente claro. En el proceso venezolano se dieron los tres elementos lógicos que señala Maquiavelo para el cambio social: condiciones objetivas, liderazgo y consciencia popular de la necesidad del cambio. Las condiciones objetivas estaban maduras hacía tiempo. La consciencia popular era un malestar prepolítico. El líder Chávez referenció al país y terminó de politizar al pueblo para que adquiriera la conciencia necesaria.
Pero al lado de lo azaroso y de la figura del líder, hay otros elementos ausentes en otros momentos de la historia y que marcan la pauta. En primer lugar, el cambio político se ha hecho con redistribución de la renta, lo que ha ampliado considerablemente la base social. En segundo lugar, la transformación, lejos de prescindir de la democracia, la ampliaba, tanto en términos electorales (terminaba con el fraude, una constante hoy en México o Colombia, pero también en la España que incumple los programas electorales), como en participación popular horizontal. En tercer lugar, los cambios venían acompañados por cambios similares en otros países del entorno. Hasta la fecha, la connivencia sólo se había dado entre fuerzas de la derecha o dictatoriales (recuérdese el Plan Cóndor). En cuarto lugar, el cambio de régimen se ha hecho sin la existencia simbólica de un enemigo que radicalice a las clases medias, como hizo el comunismo y la URSS en los años treinta. Por último, el cambio ha venido acompañado de la entrega de una nueva identidad que, al tiempo que ha sumado las existentes con arraigo popular, ha engarzado a los nuevos sujetos en una aventura política de mayor calado que, de momento, ha contaminado a todo el continente latinoamericano.
Conclusión: Chávez como poder constituyente
La mirada displicente de la izquierda española a Chávez se ha armado desde la ignorancia. El “Chávez no me gusta” ha sido construido con frivolidad, como si los medios tradicionales merecieran esa influencia. La izquierda española no ha podido debatir el proceso venezolano, llena de prejuicios históricos trasladados y demasiado rehén de la arrogancia eurocéntrica propia del pensamiento colonial que cree que lo que vale para su entorno es directamente exportable y universalizable.
Esto no significa, en modo alguno, que Venezuela deba ser un modelo para la Europa en crisis. Sería repetir, ahora en la dirección contraria, el error que cometió la izquierda latinoamericana en el siglo XX. Copiar las respuestas es, cuando menos, perezoso. Pero ignorar las preguntas es aún más descabellado. Venezuela ha salido del neoliberalismo, ha inaugurado un nuevo constitucionalismo, ha sacado a la mitad del país de la pobreza, ha logrado la menor desigualdad del continente, ha construido en el último año 200.000 viviendas, ha incorporado al derecho de pensión a dos millones de ancianos, ha llevado médicos a donde nunca estuvieron, ha colocado al país en la franja de alto nivel del Índice de desarrollo humano del PNUD, es el quinto país del mundo en estudiantes universitarios, ha incorporado a las mujeres a la vida social y política (y ha dejado de promover que sean simplemente misses), ha impulsado una integración regional basada en la complementariedad y no en la competencia, ha ayudado a los países del entorno a superar problemas económicos puntuales (lo que hoy, como decíamos, le pide Europa a Merkel)… Chávez ha sido un Presidente con una espectacular capacidad para desarrollar el pensamiento crítico y la práctica alternativa, para superar el abandono histórico de las diferentes culturas latinoamericanas, para avanzar hacia la superación del colonialismo, para alejar el peligro de la guerra y para ayudar en la lucha contra el cambio climático (es un país exportador de petróleo que, a diferencia de EEUU, ha firmado y cumple con los Protocolos internacionales).
El populismo es el ejercicio de la política que media entre unas estructuras caducas que no terminan de marcharse y una estructuras prometedoras que no terminan de venir (sobre todo, porque son teoría y aún no práctica). Criticarlas desde lo que existe, como hace con frecuencia la izquierda europea (y, en concreto, la española), es una señal más del agotamiento y la falta de ideas de nuestro continente. No hay mayor hipocresía que la acusación a Chávez de haber polarizado el país –de haber politizado a los pobres- ignorando que también estaba polarizado cuando casi siete de cada diez carecían de futuro. Hipócritas que sólo ven la lucha de clases cuando es el pueblo el que muestra su fuerza.
El equilibrio entre el “hiperliderazgo” –necesario para reinventar al pueblo fragmentado y salir del modelo neoliberal- y la devolución del poder al pueblo consciente y organizado era la tarea central de Chávez. A veces caía del lado del poder personal (y así se lo criticamos desde el Centro Internacional Miranda). Pero, por lo general, la apuesta que se consolidaba era del pueblo. Si otras revoluciones fracasaron por acallar las críticas, la revolución bolivariana apostó por la crítica y la autocrítica. Por eso es una revolución alegre. Chávez impulsó a su país a las puertas de algo nuevo. No le dio tiempo. Ahora es el momento de Nicolás Maduro y de todo un pueblo al cual le dijo su Presidente antes de despedirse: “Ya todos son Chávez”. Durante un cuarto de siglo, dijimos, desde la derrota, que la última utopía la había construido Thatcher haciendo posible lo imposible. Hoy España vive la utopía neoliberal de la contrarrevolución. Chávez, por su parte, ha roto todos los conjuros que condenaban a América Latina y ha construido otra utopía: salir del neoliberalismo en nombre de un socialismo diferente. Va siendo hora de que la izquierda española mire con humildad lo que ha construido la Venezuela bolivariana.

domingo, 10 de marzo de 2013

"Por qué odian tanto a Chávez", por Isaac Rosa

Por qué odian tanto a Chávez

Isaac Rosa  

El Diario.es, 07/03/2013 


De los muertos se habla bien, siempre que no se llamen Hugo Chávez. Intento recordar alguna muerte de las últimas décadas que haya merecido tanta mala baba como la que ayer chorreaba en la mayor parte de los medios españoles. Tirano, autócrata, caudillo, payaso, gorila, Hitler, Stalin, Kim Jong Il, demente, delincuente, zarrapastroso… Son términos leídos y oídos ayer para despedir al presidente venezolano.


Ni siquiera cuando murió Bin Laden hubo tanto ensañamiento. De verdad, repasen las hemerotecas y comprobarán cómo el líder de Al Qaeda mereció más respeto que Chávez por parte de la derecha mediática española.


Intento entender por qué odian tanto a Chávez, cómo han podido acumular todo ese odio. Qué había hecho Chávez que fuese tan imperdonable. Repaso todo lo dicho y escrito ayer, y junto al listado de insultos anoto también el listado de reproches: dio un golpe de Estado, era populista, se comportaba como un payaso, recortó las libertades, amordazó a la prensa, fue amigo de Cuba y de otros gobernantes “gamberros”, expropió empresas, dejó un país en crisis y no acabó con la pobreza y la corrupción.


Podría dedicarme a rebatir esos reproches, pero ya se han dedicado otros a hacerlo con buenos argumentos. Como mi propósito es averiguar por qué le odiaban tanto, voy a dar por buenas esas acusaciones: pongamos que todo ello fuese cierto (que no es el caso, pero déjenme que me haga el tonto un rato), y comprobemos si sería suficiente para explicar esa animadversión tan rabiosa. Venga, aceptamos pulpo como animal de compañía y Chávez como dictador: pongámonos en el lugar de sus detractores, a ver si así los entendemos.


Dar un golpe de Estado podría admitirse como motivo de odio, desde una defensa incondicional de la democracia. Pero sería válido si quienes nunca le han perdonado su golpismo hubiesen mostrado la misma inflexibilidad con los golpistas de 2002. Pero no ha sido así. Ni golpistas les llaman.


El golpismo sería aceptable como motivo de rechazo si se aplicase por igual a todos los golpistas que en el mundo hay. Pero no ocurre así con otros que no han ganado ni la mitad de elecciones que Chávez, y con los que no está mal visto firmar acuerdos, hacer negocios o compartir mesa. Lo mismo pasa con el populismo, el culto a la personalidad y las payasadas: podrían ser razón para rechazarlo si ese baremo de exquisitez se aplicase por igual a todos los gobernantes. Incluidos nuestros propios populismos y cultos personalistas.


El mismo razonamiento cabría hacer con el recorte a las libertades y la persecución de la prensa. Si damos por buenas ambas acusaciones (ven, pulpo, ven, bonito), el razonamiento se desmorona ante el silencio cómplice con que son tratados gobernantes que han practicado la guerra sucia, han ordenado asesinatos o han encarcelado periodistas. Nada de esto ha hecho Chávez, y sí otros dirigentes cuya muerte no merecería una mala palabra y sí más de un elogio.


Lo de que expropiaba empresas, casi mejor habría que preguntárselo a las propias empresas. Un caso claro de masoquismo, de maltratada que vuelve una y otra vez con su maltratador, pues pese a las expropiaciones las empresas seguían queriendo hacer negocios con Chávez. Muy buenos negocios, según reconocen. Lo mismo el gobierno español, que pese a quejarse de boquilla corría a venderle barcos con unos contratos históricos.


Lo de que deja un país en crisis, dicho desde un país quebrado e intervenido como el nuestro, casi mejor lo pasamos por alto. Y lo mismo con la corrupción, de la que pocas lecciones podemos dar desde lo alto de nuestra montaña de mierda. En cuanto a la pobreza, no llegó con Chávez, al contrario: bajo su mandato se redujo notablemente, algo que sus enemigos le reconocen aunque con la boca chica, como una minucia, nunca con la valoración que merece un éxito así.


¿Queda algo? Ah, sí: que era amigo de Castro y que se alió con los países más denostados. Nada, nada, calderilla comparado con todo lo anterior, no creo que unas buenas relaciones con Cuba (que son comunes a otros países), o una foto con el mismo Gadafi al que dimos la llave de oro de Madrid, justifiquen tanto rencor.


Entonces, si no parecen verosímiles todas esas razones para explicar el odio a Chávez, ¿por qué le odian tanto? Esperen, que devuelvo el pulpo al mar antes de contestar.


Le odian por todo aquello que no suelen nombrar, pero que se lee claramente subtitulado bajo las acusaciones de golpista, populista, liberticida o expropiador. Le odian porque con sus victorias electorales invalidó una y otra vez la etiqueta de dictador, y dio un mal ejemplo a otros pueblos: que la democracia podía ser una vía legitimadora de transformación social. Le odian porque no consiguieron derrotarlo en quince años, ni la oposición, ni los militares traidores, ni Estados Unidos, y ha tenido que ser un cáncer.


Le odian porque obligó a que respetasen el país quienes estaban acostumbrados a usarlo como un trapo. Le odian porque al hablar de tú a tú a Estados Unidos hizo más evidente la sumisión de otros. Le odian porque con su internacionalismo bolivariano sacudió una Latinoamérica que apenas se levantaba de décadas de dictaduras, CIA y neoliberalismo. Le odian, por último, por motivos ideológicos: porque hablaba de socialismo, con todas las letras, ese fantasma que algunos creían enterrado bajo los cascotes del muro de Berlín, y que Chávez ha mantenido como posibilidad durante una década, hasta llegar a este cambio de época en el que ya no vemos tan disparatado pensar en socialismo.


Otro día si quieren hablamos de sus errores, que no son pocos. Hoy no: yo sí respeto a los muertos, sobre todo cuando merecen tanto respeto como el que Chávez se ganó.


http://www.eldiario.es/zonacritica/hugo_chavez_venezuela_derecha_6_108549163.html

"Nuestros demócratas y Chávez. ¿Por qué no se callan?", por Luis García Montero



Nuestros demócratas y Chávez. ¿Por qué no se callan?


Luis García Montero. 
Público, 7 de marzo de 2013

No quiero hablar de Hugo Chávez. Ya son muchos los artículos publicados a raíz de su muerte y es previsible que aparezcan muchos más. Se seguirá hablando durante años de su figura histórica y de su significado en la política latinoamericana. Así son las cosas.

Prefiero escribir sobre la sensación de vergüenza ajena que me han despertado algunos comentarios paternalistas sobre Chávez, Venezuela y el futuro inmediato. En nombre de la Democracia, políticos españoles importantes han deseado una transición pacífica para la sociedad venezolana después de la muerte de su líder carismático. ¿En nombre de la Democracia? ¿Pero en qué país se creen que viven estos paladines de la cultura occidental que critican a Chávez de forma abierta o le perdonan la vida de manera piadosa ahora que está muerto?

Si hablamos del presente, no entiendo que un país marcado por la corrupción y gobernado por un partido bajo sospecha pueda dar lecciones a nadie. Es muy grave lo que estamos viviendo nosotros. Con la estrategia del silencio, con ruedas de prensa sin preguntas, con mentiras capaces de enrojecer a un sargento de caballería, siguen al frente de la política española personas sospechosas de haber participado en tramas de corrupción y de haber recibido sobres con dinero negro.

También puede abordarse el asunto desde la perspectiva económica. Durante el mandato de Chávez se ha reducido la pobreza en Venezuela por encima del 20 %, según los datos más objetivos. Uno piensa que para eso debe servir la política en una democracia, para equilibrar la vida de la gente y hacer que los pobres sean menos pobres. España, como parte de Europa, vive una situación caracterizada por el asalto de los poderes financieros a la soberanía popular. Las instituciones políticas quedan inutilizadas y se someten a los ámbitos de decisión de intereses opacos que tienen que ver con las exigencias de los bancos y los especuladores. La acumulación elitista de la riqueza vuelve a ser la norma de conducta. Y dentro de este asalto especulador que sufre la democracia europea, España supone un caso extremo. La debilidad cívica que tejió la Transición y la permanencia de las élites económicas y sociales del franquismo han facilitado que en poco tiempo se liquiden muchas de las humildes conquistas conseguidas por la lucha obrera en sus batallas contra la dictadura. La población española se empobrece, baja el nivel de vida y suben los índices de miseria y de desnutrición infantil. ¿A quién le van a dar lecciones de democracia nuestros padres de la patria? La privatización de la sanidad, la justicia y la educación públicas no suponen una buena tarjeta de visita para dar consejos democráticos a nadie.

¿Y si hablamos de populismo? Es que puede opinar sobre el tema, y en nombre de la seriedad de la razón, un país gobernado por un presidente como el nuestro. Sin ningún tipo de pudor, ha llegado a declarar que el cumplimiento de su deber ha consistido en no cumplir sus promesas electorales. ¿Qué es entonces una campaña electoral? ¿Una convocatoria de arengas populistas, mentiras, argumentos demagógicos, promesas falsas y movilización de rencores? El horizonte de la política española se parece cada vez más a una tertulia de telebasura. Basta para comprobarlo con seguir las acusaciones y las amenazas del ministro de Economía. Como una verdulera del corazón, calla las bocas de sus críticos sugiriendo que los actores, los políticos, los medios del comunicación y los partidos se acuestan con el fraude fiscal. Y él –que todo lo sabe- no hace nada por perseguir a los defraudadores y acabar con el adulterio.

Si hablamos de memoria histórica, no hace falta tampoco entrar en muchos detalles. Mientras algunos países latinoamericanos, cumpliendo con el derecho internacional, suspendieron las leyes de punto final para investigar los crímenes y reparar a las víctimas de sus dictaduras, en España se ha expulsado de la carrera judicial al magistrado que quiso amparar a los familiares de los desaparecidos. Fue el mismo juez que cometió la imprudencia de querer investigar a fondo la corrupción. El rey de España, que en un arrebato borbónico mandó callar a Hugo Chávez, es un jefe de Estado que se formó en los brazos de Francisco Franco, que fue nombrado heredero por un dictador y que ha representado durante casi cuarenta años a su país sin pasar por las urnas. ¿Se imaginan a un lugarteniente de Hitler presidiendo en la actualidad al Estado alemán y mandando callar a un presidente elegido por sus ciudadanos?

El verdadero problema de los demócratas tiene hoy mucho más que ver con la situación institucional española y europea que con el populismo latinoamericano. Por eso da vergüenza ajena escuchar algunos comentarios. ¿Por qué no se callan?

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/396/nuestros-democratas-y-chavez-por-que-no-se-callan/

miércoles, 6 de marzo de 2013

“Chávez nuestro que estás en los pueblos…”, por Juan Carlos Monedero


JUAN CARLOS MONEDERO  06/03/2013

Dicen que Chávez ha muerto. Al principio, también dijeron que había muerto Sandino y que había muerto Guevara y que había muerto Camilo Torres. Hay muertes que sólo pueden entenderse tales con exceso. Antes de Chávez, América Latina era un fragmento. Hoy, en el lago Titicaca saben el nombre del Presidente de Ecuador y saben en Pichincha el nombre del viejo Presidente de Uruguay. Malvinas no son las Islas Falkland porque son las Malvinas, y el Presidente de Paraguay es un Presidente ilegítimo porque el Presidente legítimo fue depuesto con artimañas orquestadas desde el eterno gendarme norteamericano. Fue guerrillera la Presidenta de Brasil y guerrillero el Presidente uruguayo; guerrilleros en el gobierno de El Salvador y en el de Nicaragua, guerrillero el alcalde de Bogotá, guerrillero el Vicepresidente de Bolivia. Por vez primera en la historia, los pueblos conocen los nombres de los dirigentes del continente. Antes no. Eso es obra de Chávez.

Dicen que Chávez ha muerto. ¿Acaso se mueren los que han metido los puños en las olas de la historia para hacer de timón de un nuevo rumbo? Empezaba el nuevo siglo. En el Mar del Plata, por primera vez, el continente americano le dijo a Estados Unidos que quería navegar de otra manera por su propia historia, sin tutela, sin IV Flota, sin las grandes hermanas petroleras de la ExxonMobil y la ChrevronTexaco, sin la Escuela de Torturadores de las Américas, con el recuerdo de Allende. La voz de Chávez fue la que marcó el rumbo de aquel viento. Un monarca decadente quiso mandarle una vez a callar entre cacería y cacería o visita de su yerno a los juzgados. Los reyes inútiles se mueren y son los mismos parásitos los que gritan viva el rey. Los que escriben la historia escriben en libros diferentes. Y reescriben libros con voluntad de eternidad.

A Clinton, Chávez le regaló una nueva frontera para que los aviones norteamericanos supieran que Venezuela ya no era una colonia al servicio del Plan Puebla-Panamá o del Plan Colombia. A Georg Bush, el asesino de las Azores, le regaló Chávez el naufragio del Tratado de Libre Comercio y le dijo en Naciones Unidas que olía a azufre, que es el olor eterno de la pólvora y de los imperios. A Obama, Chávez le regaló Las venas abiertas de América Latina que volvió a ser el número uno de las listas de libros más incómodos. Dicen que Chávez ha muerto. Pero ¿te mueres cuando solo has sido capaz de reunir a todos los Presidentes y jefes de gobierno de América Latina para crear la CELAC y declarar al continente libre de injerencias? He visto a Chávez esta mañana en la mochila de un niño de tierra yendo al colegio.

Chávez supo de su conciencia política mirando a los cerros, a los barrios, a esas favelas y villas miseria donde viven los nadies. Nunca entendió occidente que Chávez no tenía interés en cenar en sus decadentes palacios. Chávez, y eso lo entendió muy bien la derecha latinoamericana, sudaba cerro, hablaba cerro, reía cerro y comía cerro. Porque quería sacar el cerro de las cabezas de los venezolanos pobres para que las cabezas salieran de los cerros. A unos santos -a los que conviene no mirar de cerca- los eleva a los altares el Vaticano. A otros, los santifican los pueblos. Las casas de cartón de los pobres, en esos barrios por donde dios se empeña en no pasar o donde siempre duerme aunque no lo sepan en el Vaticano, necesitan santos con las manos llenas de barro. Santos que hagan el trabajo que el Supremo se niega a realizar, ese dios que no terminan de repudiar los sin consuelo aunque ande siempre tan ocupado en visitar las capillas de los ricos donde a la cena nunca falta un buen vino.

Dicen que Chávez ha muerto. ¿Mueren acaso los santos que eligen los pueblos lejos de las columnas pulidas y culpables del Vaticano? Chávez anda allá arriba, en el cerro, tramando planes. Por donde cabalgaba el caballo de Zapata. Por donde pisaban médicos venezolanos antes de que la locura de los ochenta y los noventa acabase con la decencia de ese país. Ahí nació el santo José Gregorio Hernández, un hombre bueno que habita los altares de la miseria de esas cumbres de lata y ladrillo donde nació la revolución bolivariana. Un médico que decidió abrir su clínica en las calles humildes, por las noches, bajo la lluvia. El otro santo escogido por el pueblo vestido de rojo es Chávez. Que ha pisado las mismas calles pobres y se ha mojado de la misma lluvia que cae en los techos de cartón. ¿Cómo te mueres cuando tantas velas sostenidas con manos oscuras, surcadas, de tierra, arden para llevarte el calor que se te ha marchado?

Dicen que Chávez ha muerto. Lo dicen los que han estado matándolo a través de sus medios de comunicación mercenarios durante una década. Los barrios ricos del Este de Caracas se lo han creído. Celebran con champán francés, lanzan fuegos artificiales, dejan sonar la música con estruendo de fiesta y gritan, como cuando murió Evita Perón, “¡viva el cáncer!”. Su dios, el oficial, les perdonará puntualmente cada pecado el próximo domingo. Lo han pactado con sus obispos y sus cardenales. Los de siempre de América Latina contra los nadies invisibles. Aunque eso era antes. Chávez hizo visibles a los invisibles. Un mago que cambió el escenario. “Un bastardo que trajo la lucha de clases”, dicen los que sólo ven lucha cuando los golpeados se defienden. Nadie como Chávez ha sido odiado tanto en las últimas décadas por la derecha latinoamericana. ¿Acaso esto no significa nada? ¿A quién odian los que han confundido los palacios de gobierno con sus quintas particulares?

Chávez nunca habló del Tío Tom. Hablaba del negro Pedro Camejo, de Toussaint-Louverture, de Malcon X. Pasaba de lado por el Bolívar mantuano e insistía en el Bolívar que metió en sus ejércitos a negros y pobres. Los que hicieron que el miedo cambiara de bando. A Chávez no le gustaba la oligarquía –esa palabra de regusto viejo sin la cual no se entiende el continente- ni los latinoamericanos bendecidos por Washington. Prefería a Sandino, a Zapata, a Tupac Katari, a Allende, a Bolívar. En la Condesa de México, en la Recoleta de Buenos Aires, en los Jardins de São Paulo, en la comuna de Lo Barneche de Santiago de Chile o en Samborondón en Guayaquil, ha corrido con el dinero el champán. En las zonas residenciales exclusivas de América, la fiesta se prolongó hasta tarde. Mientras, el pueblo ha llorado como no se recuerda. Por un político. Como cuando mataron al Ché. Cuando te lloran tanto no te mueres. ¿En verdad mataron a Guevara?

Dicen que Chávez ha muerto. Hace unas semanas, arrasó en las urnas con un programa socialista. No era retórica. Es la voluntad de desmercantilizar la vida. En un país rentista petrolero. Participaron ocho de cada diez votantes. Sacó 11 puntos de ventaja a su contrincante. En diciembre de 2011, mientras Europa se desangraba -y se desangra- haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Chávez trajo un liderazgo a un pueblo que lo necesitaba y que, por tanto, lo estaba convocando. Y no sólo a su pueblo: enseñó a América Latina a levantarse, a hablar de tú a tú a los EEUU y a Europa. Le acusaron de regalar el dinero del petróleo. Pero él sabía que Venezuela sólo podía sobrevivir con sus iguales en pie. Igual que lo que hace Merkel con el resto de los países europeos. Pero Merkel no es Chávez. Los líderes que marcan historia vienen acompasados con los pueblos.

En 2002, en abril, el jefe de la patronal venezolana, alentada por Washington y Madrid, dio un golpe de Estado. Un sector del ejército, toda la industria, los banqueros, los diplomáticos, la curia de la iglesia, lo acompañaron. Les faltaron los humildes de los cerros. Planificaron mal los golpistas. Chávez ya era el Presidente que no le había fallado al pueblo. Y ese pueblo se cansó de representar un mismo papel repetido y rescató a su Presidente. Ahí la historia volteó su maleficio. No fue San Jorge providencial acabando con el dragón y rescatando a la princesa. Fue el pueblo el que tuvo que matar al monstruo y rescatar al maltrecho caballero. Ahí, el pueblo firmó un contrato de sangre con Chávez. Ahí Chávez se hizo pueblo y se hizo santo y se hizo historia. En sus logros, en sus carencias, en sus moderaciones y en sus excesos. Pueblo. ¿Y puede morir un pueblo?

La historia también sabe de cañerías y desagües. No hay diseños perfectos. Sabiendo que enfrentaba una posible penúltima batalla, Chávez hizo un urgente testamento político: continuar con la revolución bolivariana con los mimbres reales. Y dejó expresado su deseo. Quién –Nicolás Maduro-, cómo –obedeciendo al pueblo- y de qué manera –con la unidad de todos los que entendieron que el proceso bolivariano, con todas sus imperfecciones, se acercaba, más que en ningún otro momento de la historia, a esa pelea por la emancipación que siempre dio la izquierda venezolana. Pudo haber sido antes, haber sido de otra manera, pudo haber nacido de un consenso. Pero los tiempos de revolución son los tiempos donde no hay cartas de navegación. Las fortalezas también suelen ser las debilidades.

Dicen que Chávez ha muerto. Pero ya está en el rostro de todo un pueblo. El que no tenía esperanza y la recuperó. Los Libertadores siempre se marcan enormes tareas y, como ha dejado escrito la historia, siempre se quedan a las puertas del paraíso. La de Chávez ha sido la pelea contra el neoliberalismo. Enorme, como la lucha por la independencia en el siglo XIX, como la lucha contra el fascismo en el siglo XX. La pelea no se ha ganado, pero está marcada. De triunfar, los próximos libertadores serán corales. De fracasar, será tanta la devastación que, como dijera Neruda de Bolívar, tendrán que pasar cien años para que regrese un liderazgo acompasado con los pueblos. Por eso Chávez ha sido el último libertador de América. Porque ha estado a la altura de sus enemigos. No es un exceso ni una comparación interesada (fuera de que todas las comparaciones son falsas). Libertador porque dio una batalla que parecía imposible. Porque nos acostumbramos a imaginar antes el fin del mundo que el fin del capitalismo. Porque Chávez disparó la piedra y liberó las cabezas. Y los libertadores vienen para quedarse.

Dicen que Chávez ha muerto. Los que le han visto entrar en los pueblos con la marea roja saben que no es cierto. Chávez ha puesto nombre a todo un país. Chávez ha dado patria a Venezuela. Chávez deja Constitución, leyes, propuesta de construcción del socialismo, partidos y una nueva cultura política. A Venezuela, ahora, se la respeta carajo. Cuando la política convoca a todo un pueblo se convierte en Política. Con mayúsculas. Chávez de la incomprensión de la política europea, Chávez de la manipulación de la prensa mundial, Chávez de la caricatura en la mirada satisfecha del norte arrogante. Enfrente, Chávez en la señora que limpia, Chávez en el señor que vende periódicos a la entrada del metro, Chávez de la empleada de la tienda y de la cocinera de maíz y yuca, Chávez del vendedor de helados y del maestro con la cartera vieja, Chávez de la abuela que ahora ve porque la revolución operó sus ojos y de la que ahora tiene vivienda porque se expulsaron a los mercaderes del templo, Chávez de la esquina caliente de Caracas y de la lonja de pescadores de Choroní, Chávez del soldado triste y Chávez del estudiante descalzo, Chávez de la poesía rescatada en un país que había traicionado también a la poesía. Chávez de los negros rescatados y de los indios rescatados, Chávez de lo que hoy es posible en América y que hace veinte años era imposible. Chávez que se ha ido y deja un recado a América Latina: no regreses a otros cien años de soledad.

Dicen que Chávez ha muerto. Lo dicen los que no saben leer los tiempos del viento, los que no saben de la rabia acumulada, los que no saben de la conciencia encarnada en la memoria. El pueblo de Venezuela aún está llorando. Pero sabe que pronto debe enjugarse las lágrimas y seguir con la tarea. La que ha cambiado el rostro de América Latina. Se lo deben a quien les ayudó a abandonar tres décadas de neoliberalismo. Cuando ven que el recuerdo de Chávez hace más sencilla la lucha, sonríen. Y vuelven a entender que Chávez no se ha muerto. Que gente como Chávez ya no se mueren nunca. Y se ponen manos a la obra.

El autor es  profesor titular de Ciencia Política en la Universidad Complutense y fue asesor del presidente de Venezuela.

http://www.lamarea.com/2013/03/06/chavez-nuestro-que-estas-en-los-pueblos/

Hasta siempre, comandante


"La demonización de Chávez", por Vincenç Navarro, 15-01-2013




A raíz de la muerte del presidente Chávez de Venezuela, el blog del profesor Navarro presenta de nuevo el artículo, escrito por el profesor Navarro el 15 de enero último, titulado “La demonización de Chávez”.

Este artículo señala que uno de los indicadores de la falta de democracia en los medios de mayor difusión es la cobertura tan sesgada y tendenciosa de las políticas llevadas a cabo por el gobierno Chávez. La sobreabundancia de voces críticas y la práctica inexistencia de voces favorables a tales políticas prueban la falta de equilibrio y vocación democrática en los mayores medios de difusión de España.

Uno de los indicadores de la escasa calidad de la democracia española es la limitadísima diversidad ideológica en los medios de mayor difusión en España. El sesgo conservador de tales medios –incluso de aquellos que se consideran de centro o centroizquierda- es muy acentuado en España. Ni que decir tiene que tal sesgo es también característico de gran número de países llamados democráticos. Pero el caso de España es extremo. Un ejemplo de ello es la cobertura de la política venezolana por los cinco rotativos de mayor difusión en el país.

En EEUU, por ejemplo, donde el dominio conservador de los medios es también muy acentuado, la cobertura de la presidencia Chávez ha sido desequilibrada, dando gran prominencia a las voces críticas a tal gobierno. Pero voces menos críticas, e incluso favorables a tal gobierno, han aparecido en esos mismos medios. Tal como señala Mark Weisbrot (en su reciente artículo en The Guardian) en EEUULos Angeles Times, el Boston Globe, el Miami Herald, e incluso el conservador The Washington Post, han publicado también artículos favorables al gobierno Chávez, aunque la gran mayoría han sido críticos. Y en el último fin de semana, The New York Times, en su sección Summary of the Week, publicó la visión conservadora neoliberal, representada por Moises Naím, junto a la del propio Mark Weisbrot, Director del Center for Economic and Policy Research, de Washington, que rebatió los datos presentados por Naím, presentando una realidad menos catastrofista que la descrita por tal autor.

Pues bien, les invito a que cuenten las veces que han aparecido artículos críticos de la presidencia Chávez en medios mayoritarios españoles y lo comparen con el número de artículos favorables. Y verán que no ha aparecido ni uno. Incluso El País, el rotativo que se considera liberal (y que por mera coherencia ideológica debería estar abierto a posturas divergentes, incluso críticas de sus editoriales), ha publicado las virulentas críticas al gobierno Chávez del Sr. Moisés Naím (entre muchos otros artículos como los del hiperbólico Mario Vargas Llosa), sin nunca, repito, nunca, publicar un artículo favorable a tal gobierno.

Y ahí está uno de los puntos más vulnerables y defectuosos de la llamada democracia española: el monopolio mediático de los intereses conservadores en el sistema informativo español. Y este monopolio supone un coste elevadísimo para la democracia española. No sólo impide que la población esté bien informada, ofreciéndole un amplio abanico de posturas en sus medios, sino que reduce la calidad del debate político, pues las voces conservadoras-neoliberales, conocedoras de la ausencia de crítica a sus posturas, y dueñas, por lo tanto, de una inmunidad intelectual, dicen y sostienen argumentos basados en datos que son fácilmente demostrables que son falsos.

Veamos, por ejemplo, la crítica de Moisés Naím, que fue, por cierto, uno de los arquitectos de las políticas de austeridad en el gobierno de Carlos Andrés Pérez durante el periodo 1989-1990, siendo ministro de Industria cuando en 1989 ocurrió el Caracazo donde el gobierno disparó contra civiles que protestaban las políticas de austeridad, asesinando a más de 3000 venezolanos. Tal autor, que en su columna en El País se presenta paradójicamente como el gran defensor de los Derechos Humanos, ha sido una voz supercrítica del gobierno Chávez, promoviendo las políticas del Departamento de Estado de EEUU, lo cual explica su gran visibilidad mediática en los medios internacionales sujetos a la hegemonía del gobierno federal de Estados Unidos.

En sus últimos escritos, Moisés Naím, ha estado promoviendo el punto de vista, también transmitido por el gobierno federal de Estados Unidos, de que el gobierno Chávez ha llevado a Venezuela al desastre, creando un déficit público que, según él, representa el 20% del PIB; estableciendo un sector público hipertrofiado que ha ahogado a la economía venezolana; ha generado una deuda pública que es diez veces superior a la que existía en 2003; ha creado un sistema bancario que está colapsándose; y una industria petrolífera nacionalizada (que es la mayor fuente de ingresos al Estado) que está en claro declive, y un largo listado de “calamidades”. Como que en España no hay ninguna posibilidad de que los medios de mayor difusión publiquen análisis críticos de tales aseveraciones, resulta que la población queda pésimamente informada y se cree que Venezuela está en una situación de crisis y colapso.

Si se hubieran publicado en España, por ejemplo, las respuestas de Mark Weisbrot, publicadas en el The New York Times y en el The Guardian, se podría haber visto el grado de exageración, hipertrofia y falsedades que contenían los datos presentados por Moisés Naím, entre otros. Mark Weisbrot es uno de los economistas más creíbles en temas económicos internacionales en EEUU. Veamos los datos. El déficit público de Venezuela representa, según el Fondo Monetario Internacional, no el 20% del PIB, sino el 7,4%. En cuanto a la supuesta hipertrofia de la deuda pública en Venezuela, ésta representa el 51,3% del PIB, un porcentaje que es menor que el promedio de deuda pública de la Unión Europea (82,5% del PIB), y menor del objetivo al cual aspira la UE (el 60% del PIB). En cuanto al colapso de la industria petrolera, la cota de producción de petróleo es la que los países productores de petróleo, la OPEC, han acordado. Y su disminución en las exportaciones de petróleo a EEUU responde a una decisión política del gobierno Chávez que intenta diversificar sus exportaciones y no centrarlas en un número reducido de países. Tal reducción en las exportaciones a EUU no tiene nada que ver con ningún colapso, que es inexistente, de la industria petrolera venezolana. Semejante manipulación y falsedad aparece también cuando Moisés Naím habla de la hipertrofia del sector público. En realidad, y tal como muestra Mark Weisbrot (del cual extraigo esta información), el porcentaje de empleo público en Venezuela es aproximadamente un 18,4% de la población empleada, que es inferior al existente en Francia, Finlandia, Dinamarca, Suecia y Noruega.

Mark Weisbrot señala también algunos de los puntos flacos de la economía venezolana, como es la elevada inflación, un problema generalizado en América Latina. Ahora bien, incluso en esta situación problemática, el gobierno Chávez ha  podido reducir tal inflación del 28,2% al 18%, reducción que ha conseguido a pesar de un gran aumento del gasto público y muy en especial del gasto público social. Durante los últimos diez años, el gobierno ha aumentado tal gasto un 60%, expandiendo considerablemente su muy insuficiente Estado el Bienestar venezolano, causa de su gran popularidad entre las clases populares. Como bien han documentado los investigadores sociales de gran credibilidad internacional, los profesores Carles Muntaner (de la Universidad de Toronto), Joan Benach y María Páez Victor (de la Universidad Pompeu Fabra), la pobreza ha pasado a ser de un 71% de la población en 1996 a un 21% en 2010, siendo especialmente acentuada la reducción en la pobreza extrema, que pasó de ser un 40% en 1996 a un 7,3% en 2010 (ver el artículo “Los logros de Hugo Chávez y la Revolución bolivariana”, de Carles Muntaner, Joan Benach y María Páez Victor).

Es, por lo tanto, lógico y predecible que Hugo Chávez y el partido que lidera, en unas elecciones democráticas (en las que, por cierto, la gran mayoría de medios de mayor difusión venezolana, controlados por grupos mediáticos de sensibilidad conservadora y neoliberal, estaban en contra), haya ganado 13 de las 14 elecciones nacionales. Todos estos datos no aparecen en los medios de mayor difusión en España, donde maliciosamente se ha demonizado a aquel gobierno. Las causas de esta demonización son fáciles de entender. En primer lugar, Venezuela es hoy en país del mundo con mayores reservas petrolíferas. Los gobiernos estadounidense y europeos que apoyan a regímenes feudales en el medio oriente a fin de asegurarse la provisión de tal recurso, ahora se oponen a muerte a un gobierno que quiere servir a las necesidades de sus clases populares, y que no acepta ser, como lo son los regímenes feudales, mero servidor de aquellos intereses estadounidenses y europeos.

La segunda causa es que América Latina ha estado gobernada durante largos periodos por gobiernos neoliberales como al que sirvió Moisés Naím, que expandieron la pobreza de sus poblaciones de una manera muy notable. Ello creó una respuesta de protesta que conllevó el establecimiento, por medios democráticos, de gobiernos reformistas de izquierda, no sólo en Venezuela, sino también en Ecuador, Bolivia, Argentina y Uruguay, entre otros (que aparecen como las bestias negras), y que elección tras elección continúan siendo reelegidos. De ahí la gran adversidad, pues parte de su vocación reformadora se basa en romper los monopolios mediáticos que han controlado la información en aquel continente. Pero de esto el lector español ni se entera. Y a esto le llaman democracia.

http://www.vnavarro.org/index.php?p=8328&lang=es