lunes, 13 de abril de 2015
"¿Podremos con Podemos?", por Ángel Cappa
El Diario.es, 06/04/2015
Ángel Cappa
Una vez alcanzado el momento inicial de éxito, Podemos ha ido rebajando tanto sus postulados que de atrevidos han pasado a ser aceptables ante los ojos inquisidores del capitalismo.
Incluso desde una perspectiva meramente táctica, la moderación de las propuestas de Podemos confunde a los votantes y en nada contribuye a la lucha por una sociedad mejor, justa y realmente democrática.
"No nos jugamos las próximas elecciones, sino las próximas generaciones". Alberto Garzón
Podemos surgió de la calle. De las protestas espontáneas ante tanto atropello a los derechos fundamentales. De la indignación por los abusos de un poder insaciable que llamó crisis a una estafa que generó desempleo, exclusión y desigualdades inconcebibles. Podemos se convirtió inmediatamente en el vehículo de la esperanza en un momento donde parecía que nada era posible a favor de una sociedad justa. Podemos fue -y tal vez todavía sea- la rebelión posible para "que la tortilla se vuelva", como decía una canción republicana.
La situación era y es más que propicia ante la decadencia evidente de lo que algunos llaman el "bipartidismo", lo que quizá no sean más que las dos caras de la misma moneda. El PP atormentado y derruido por sus políticas depredadoras y por una corrupción inocultable e incontenible; y el PSOE tratando de recuperar un discurso mínimamente izquierdoso que disimule un poco su inserción hasta el cuello en un sistema que se derrumba. Ambos se muestran incapaces de ofrecer alguna salida al desastre, mientras Izquierda Unida se deshace víctima de sus contradicciones internas.
Podemos emergió entonces como la herramienta para el cambio. Jóvenes lúcidos y preparados conducían en los primeros y recientes tiempos la contraofensiva antisistema y su debut en las urnas sorprendió a todo el mundo. Posiblemente a ellos más que a nadie. A Podemos lo atropelló el éxito, el cual -como dice el filósofo chino Chuang Tzu- "es el principio del fracaso".
Las trampas del éxito
Lo que tiene la cultura de la inmediatez en que vivimos es que rápidamente, de un día para el otro, encumbra al menos pintado. Y lo malo de esta sociedad es que te mata de hambre o de estupidez. El éxito hace vivir a los ganadores en una nube que los va alejando de la realidad, y lo peor es que sobre todo los separa de su origen y de sus orígenes, los desclasa. Es decir, el éxito idiotiza. O si lo prefieren, marea. Y produce una sensación de poder -ficticia por supuesto-, de superioridad, que nubla los conceptos. Y al mismo tiempo una adicción tal, que cuesta sacudirse para bajar a la tierra.
Podemos llegó a las cumbres del éxito, y desde ahí las cosas ya no se ven de la misma manera.
No obstante, el Poder comenzó a inquietarse y lanzó una campaña de acoso y derribo. Así como hasta ese momento del éxito los jóvenes de Podemos eran novedosos, curiosos y hasta graciosos, al ver la convocatoria que tenían, los poderosos se asustaron y comenzaron a acusarlos de todo un poco. Les dijeron radicales, por ejemplo, como si el neoliberalismo y el Poder fueran moderados; o extrema izquierda, a pesar de que jamás propusieron ninguna medida que excediera el capitalismo; irreales, porque para ellos existe una sola realidad, la suya, y el resto queda fuera de lo razonable; venezolanos o -más grave aun- "bolivarianos", para confundirlos con el demonio; populistas, para minimizar su arraigo popular; y un montón de cosas más, para afectar su credibilidad y tratar de emparejarlos con la corrupción imperante. "¿Ven? Son tan casta como nosotros", fue el mensaje subliminal.
No hay peor defensa que una mala defensa
Bien. Hasta aquí lo esperado, lo previsible. Cuando el Poder se siente amenazado de alguna manera y especialmente si sospecha que los sometidos pueden rebelarse y su rapiña puede detenerse, no repara en medios y se le termina la paciencia democrática.
El asunto está en cómo defenderse: profundizando el cambio deseable o suavizándolo para no irritar a los que mandan. Podemos optó por retroceder en su impulso renovador. En ir rebajando sus postulados más atrevidos, que de todos modos nunca se pasaron de la raya sensata, hasta hacerlos parecer aceptables para toda la gente de buena voluntad. En fin, se fueron alejando del pueblo, de los estafados y de los indignados para abarcar más simpatías; se arrepintieron públicamente de los malos pensamientos; y se asearon y arreglaron para estar presentables ante los ojos inquisidores del capitalismo alerta.
Solo les está quedando como argumento de identidad censurar con dureza a los corruptos y a lo que llaman casta; otra ambigüedad a gusto del consumidor, cosa que comparten todos los partidos políticos. Incluso, en un alarde de hipocresía repetida y conocida, los del PP.
Cómo será el cambio de orientación de Podemos que hasta el mismo Rodríguez Zapatero, desde el lugar de los hombres que están de vuelta de todas las aventuras políticas, les arropó con un manto de comprensión ideológica. "Son jóvenes", vino a decir, "no se alarmen". "No son populistas", afirmó para tranquilizar a los mercados y otros aliados. "Son socialdemócratas", afirmó el expresidente, que empezó con una firmeza dignísima contra EEUU -recordemos- y terminó autorizando sus bases militares en territorio español, confirmando aquello de que llega un momento en que uno se abraza a la edad de la razón.
Nosotros, que nos queremos tanto...
No me estoy refiriendo -porque no me interesa lo más mínimo- al comunicado de separación de Pablo Iglesias y Tania Sánchez, sino a la relación entre los seguidores de Podemos y sus dirigentes. Con tanto retroceso y donde dije Diego, matizo y rebajo, el amor se está enfriando. Las encuestas ya no auguran un avance incontenible de la izquierda (perdón, de los de abajo), sino más bien un frenazo preocupante. En Andalucía, y admitiendo que el PSOE apresuró con pillería las elecciones para no darle tiempo a Podemos a organizarse mejor, la cosa no funcionó tan bien como era deseable.
Es pronto para pensar ya en otra decepción, pero hasta el papa Francisco va más allá que muchos de los dirigentes de Podemos. "El actual sistema económico nos está llevando a la tragedia y robando la dignidad", dijo el sumo pontífice, sin tantas vueltas y sin pedir perdón. Y agregó: "Sé de una persona que gana 600 euros al mes, y en negro, por trabajar 11 horas al día. ¡Eso no es trabajo, es explotación, esclavitud!". Tan clarito que da un poco de envidia. Y para colmo remató: "¡Tenemos que recuperar la lucha por la dignidad!".
Claro que la derecha, tan católica, apostólica y capitalista, finge no haber oído, visto ni leído nada, pero la cuestión es que las cosas se dicen sin eufemismos desde la Santa Iglesia Católica.
La táctica y la estrategia
Tal vez -y esto es pura esperanza- el discurso edulcorado que últimamente ofrece Podemos responda a una razón táctica. Es decir, no amedrentar al gran capital, porque ya sabemos lo que hace: conspira y se va, y nos deja en cueros, metiéndose la democracia y todo lo que encuentre por el camino en los laberintos borgianos del beneficio rápido. Quizá el tema consista en acumular la mayor cantidad de votos posibles para hacerse fuertes desde la cantidad y así poder discutirle el gobierno al Poder. Son razones de la razón política que el corazón izquierdista no entiende, y a lo mejor es el camino más corto para ganar, pero ¿se trata sólo de ganar? ¿Para qué queremos ganar, solo para adecentar el sistema o para cambiarlo? Y si no ganamos, ¿se termina la política, la lucha por la dignidad y la esperanza de una sociedad mejor, justa y realmente democrática? ¿Por qué el insistente rechazo a la integración de Izquierda Unida en un frente común?
Sin duda existen muchos motivos para debatir colectivamente, para que la gente decida el camino y la forma. Me parece acertada la afirmación del vicepresidente boliviano García Linera recientemente en Argentina: ningún cambio es posible sin la gente en la calle.
¿No será mejor, entonces, apoyarse en la gente que necesita y quiere cambiar el sistema y no en toda la gente? ¿No estará el éxito verdadero en tener una reserva ideológica firme con propuestas posibles para un cambio paulatino del sistema y no una serie de medidas tan ambiguas que hasta Ciudadanos es capaz de suscribirlas?
Además, por más ambiguo que sea un grupo de izquierda (o de abajo, como gusten), el poder económico, el real, nunca se equivoca y tampoco nunca perdona que le cuestionen su pretendido derecho (al parecer divino) de apoderarse de todo y de todos.
De modo que a los únicos que logran confundir con la moderación de sus propuestas moderadas es a sus posibles electores (a los de abajo), desplazados una vez más a la condición de clientes porque ya no se habla de "mandar obedeciendo", es decir, de hacer una democracia directa.
A ver si va a tener razón el amigo Chuang Tzu y "la fama es el comienzo de la desgracia".
http://www.eldiario.es/contrapoder/Podemos_6_374522555.html
domingo, 29 de marzo de 2015
"Carta abierta de una padre al señor Rajoy", por José María Pedreño Gómez
Carta abierta de una padre al señor Rajoy, actual Presidente del Gobierno Español (y por extensión a todos los gobernantes españoles independientemente del partido político al que pertenezcan)
Señor Rajoy:
Soy el padre de un muchacho de 28 años, un padre como millones de padres de este país de países, al que llamamos España, que sufren cada día viendo como sus hijos pierden la ilusión por vivir.
Hoy he tenido que dejar a mí hijo ingresado en la sala de psiquiatría de un hospital y culpo por ello a usted, y a todos los que nos gobiernan, porque con su claudicación -y la de gobiernos anteriores, incluso de otro signo- ante los grandes poderes económicos nos han llevado a esta situación.
Ustedes la han provocado con sus políticas rastreras, rendidas a intereses bastardos de banqueros y empresarios sin escrúpulos. Han condenado a muerte en vida a toda una generación a la que han dejado sin futuro y sin esperanza, condenados a la precariedad más absoluta, al exilio laboral obligados por la necesidad, o a la muerte en vida -como le ocurre a mi hijo-; y todo por satisfacer las ansias de acumular riquezas de unos pocos, de los cuales, ustedes, son fieles servidores. Son ustedes unos lacayos de la peor especie, sin escrúpulos y sin dignidad, porque si la tuvieran estarían al servicio de los ciudadanos y no al de los poderosos, o por lo menos se habrían ido hace tiempo.
Son ustedes unos traidores, porque cambiar la leyes para ponerlas al servicio de los ricos y de los intereses de gobiernos extranjeros supone un acto que, en otros tiempos, hubiera sido considerado un delito de alta traición a la Patria, castigado con la más dura de las penas. Hoy en día, sin embargo, van dándoselas de patriotas, cuando ustedes son, realmente, unos vende patrias de la peor calaña.
Son ustedes unos mentirosos, porque un día decidieron llamar crisis a lo que no es, ni más ni menos, que una gran operación política para poner todas las leyes del estado al servicio de los intereses bastardos de una minoría y convertir a nuestros hijos en poco más que esclavos. Han sabido todos ustedes disfrazar muy bien la mentira, escudándose en una democracia adulterada que comenzó con la ocultación de centenares de miles de patriotas asesinados, enterrados en fosas comunes, en cunetas y descampados, para garantizar el dominio de una minoría acaudalada sobre la mayoría trabajadora.
Son unos genocidas porque han cambiado las cámaras de gas por reformas laborales, recortes en gastos sociales y leyes represivas. Son ustedes dignos herederos de aquellos que llenaron España de fosas comunes de aquellos hombres y mujeres asesinados por soñar con una sociedad basada en la justicia, libre de mercachifles, banqueros avariciosos y políticos corruptos, en la que las generaciones futuras pudieran disfrutar de una vida digna. La única diferencia es que el paredón se llama ahora paro y precariedad laboral, el pelotón de fusilamiento se llama reforma laboral y al dictador lo llaman mercado.
Mi hijo, al igual que otros millones de hijos, no tiene futuro y ha perdido la esperanza, quiero que la recupere, pero veo día tras día que las mentiras siguen y las políticas rastreras continúan. Mientras que mi hijo no tiene ni futuro ni esperanza, los de siempre ganan más que nunca especulando. Mientras mi hijo está muerto en vida ustedes, y aquellos a los que sirven, se pegan la gran vida a costa de todos nosotros, apuntalando la fortuna de sus poderosos amigos. Mientras nuestros hijos no tiene trabajo, o lo tienen en las condiciones más precarias, la venta de artículos de lujo se ha disparado, las fortunas que se amasan mediante la especulación han aumentado de forma vergonzosa y los empresarios de este país quieren que sean carne de cañón en sus empresas. Nos quieren convertir a todos, y en especial a nuestros hijos, en mercancía de usar y tirar. Y eso, señor Rajoy, no lo vamos a permitir.
Ustedes que tanto alaban y se dan golpes de pecho cuando hablan de la Patria no saben lo que es ser un patriota. La patria no son los poderosos, sino sus compatriotas, los que día a día sufrimos este estado de cosas. Su sentido de la patria es el sentido rancio y patriotero del fascismo y no tiene nada que ver con el concepto de patria que debe presidir la sociedad democrática por la que tantas generaciones de compatriotas han luchado. Su patria es la de los que dándose golpes de pecho, hablan de la Patria mientras pisotean a todos los compatriotas que tiene a su alrededor con tal de acumular riquezas ¿Acaso son patriotas aquellos que defienden a las multinacionales españolas en sus rapiñas por tierras lejanas, provocando el odio de sus pobladores contra nuestra patria? ¿Son patriotas los empresarios españoles cuando su pretensión es la de obtener más beneficios a costa de la perdida de derechos de sus compatriotas? ¿Son patriotas los que especulan para hacerse ricos de la noche a la mañana a costa de sus compatriotas? ¿Son patriotas los que privatizan los recursos naturales propiedad de todos los españoles? ¿Son patriotas los que venden el patrimonio público construido con el esfuerzo de todos los ciudadanos? ¿Son patriotas los que condenan a toda una generación de jóvenes a ser unos parias? No, señor Rajoy, eso no es ser patriota, sino traidor a la Patria.
Ser un patriota de verdad es sentirse orgulloso porque en su país a nadie falta un trabajo con derechos, todos tienen un techo digno bajo el que vivir y nadie pasa calamidades, ni hambre. Ser un patriota es desear que nuestro país sea el más solidario, el que más hospitales y escuelas tiene y el que más construye fuera practicando la solidaridad con el resto de la Humanidad. Ser un patriota es el que recibe a los que vienen de fuera buscando una vida mejor como si fueran de la familia. Patriota es aquel que desea que su país sea conocido en el mundo como modelo de convivencia y bienestar social. Patriota es aquel que ama la historia de los hombres y mujeres que lucharon por la libertad, la igualdad y la solidaridad. Patriota es aquel que se niega a que los soldados de su Patria vayan a otros lugares a matar ciudadanos de otros países. Patriota es el que quiere sentirse orgulloso de sus científicos e intelectuales, trabajando por la paz y el bienestar de la población mundial. Patriota es el que defiende el derecho de sus compatriotas a sentirse, hablar y pensar diferente, incluso gobernarse de forma diferente si es su deseo. Patriota es el que pone los derechos de sus compatriotas por encima del mercado y la propiedad privada. Patriota es el que trabaja para garantizar una vida digna a las generaciones futuras. Ser un patriota, en definitiva, es el que lucha para sentirse orgulloso de su país por todas estas cuestiones. Sin embargo nada de esto tiene que ver con lo que hacen ustedes. Por eso, señor Rajoy, cuando alguno de ustedes habla de su amor a España, a algunos se nos remueven las entrañas por lo que ocurre.
Por eso, señor Rajoy -y, por extensión todos los demás-, ya que ustedes no tienen la suficiente dignidad para irse, sepa usted que voy a luchar todos los días y con todas mis fuerzas, hasta conseguir que todos ustedes nos dejen en paz y consigamos tener un gobierno de auténticos patriotas, capaz de garantizar una vida digna para todos nosotros y nuestros descendientes. Y ese día, señor Rajoy, tal vez consigamos llevar a los tribunales a todos los traidores a la Patria, como usted, como todos los que han actuado como usted y como aquellos a los que sirven.
José María Pedreño Gómez
Ciudadano, trabajador y padre.
sábado, 21 de marzo de 2015
Intervención en el acto de recibimiento de la Columna Norte de las Marchas de la Dignidad
Intervención en el acto de
recibimiento de la Columna Norte de las Marchas de la Dignidad
Torrelaguna
(Madrid), 19 de marzo de 2015
Arturo
Peinado Cano, Federación Estatal de Foros por la Memoria
Queridas
compañeras, queridos compañeros y camaradas:
Es para
nosotros, la Federación Estatal de Foros por la Memoria, un honor y un
privilegio tener la oportunidad de dirigirnos hoy a vosotros, y agradecemos que
se nos haya dado esta oportunidad.
Cuando se
habla de quiénes somos y de lo que hacemos, me refiero al movimiento
social por la recuperación de la memoria
histórica, se piensa automáticamente en 1936 y en la guerra civil. Ciertamente
nuestra Federación ha realizado una quincena de exhumaciones de fosas comunes
del franquismo, y exhumado los restos de un centenar de compañeros.
Haciéndolo
no sólo pretendemos recuperar sus cuerpos, sino también sus ideas. Es lo que llamamos recuperar el hilo rojo de
la memoria y de la historia, para reconstruir la línea de continuidad de las
luchas por la libertad, la justicia y la igualdad que llevaron a cabo los que
nos precedieron. Una memoria y una historia de sus triunfos y de sus derrotas que
nos robaron el franquismo y la transición.
Pero la
gente de la Memoria histórica no sólo hablamos de 1936: hace unos días el
gobierno ha denegado la extradición de 2 torturadores y 4 ministros de Franco
acusados de crímenes contra la humanidad. Extradición solicitada por la
justicia argentina y por la Interpol. Cuando hablamos de memoria histórica
también hablamos de crímenes perpetrados en el Estado español, que coincidieron en el tiempo con crímenes
que hoy se están persiguiendo y juzgando en América Latina.
La gente que
trabajamos en la memoria histórica pretendemos explicar y dar significado a
determinadas cuestiones, por ejemplo:
-
Porqué
los herederos de Juan March, el contrabandista que financió el golpe de estado y
la guerra de Franco, ha ganado en esta crisis millones de euros con actividades
de pura especulación financiera.
-
Porqué
la nieta de Vallejo Nájera, el jefe de los servicios médicos del ejército de
Franco, conocido como el Mengele español, aparece en la lista Falciani como
dueña de una cuenta en Suiza con 19 millones de dólares.
-
Explicamos que la política de recortes en la enseñanza
pública ha estado diseñada por la señora Montserrat Gomendio Kindelán,
secretaria de estado de Educación, que declara un patrimonio de 14.588.581 euros. Es la nieta del general Alfredo
Kindelán, el jefe de la aviación de Franco.
-
También explicamos que numerosas empresas
españolas son herederas de algunas que tuvieron su origen en la explotación de
mano de obra esclava de presos republicanos. Entre otras más: Banús y Huarte (origen de OHL) que
construyeron el Valle de los Caídos; Fenosa; Iberdrola; Acciona (que proviene
de Entrecanales); ACS, que tiene como filial a Dragados, y un largo etc… (1)
La
conclusión es que la impunidad del franquismo, aún vigente, no sólo afecta a
los crímenes de la dictadura, sino que se extiende a los orígenes de los poderes
económicos en el franquismo y a sus herederos en la actualidad (2).
Un poder
económico que nació y se fundamentó en el crimen, en el robo, y en la
corrupción generalizada. Pero sobre todo en la explotación salvaje de la mano
de obra trabajadora, gracias a su victoria militar del 39, y el terror impuesto
con la salvaje represión ejercida contra la clase obrera.
En
consecuencia, estamos convencidos de que sólo se podrá cambiar el actual estado
de cosas rompiendo con la impunidad del franquismo y con la herencia que de él
hemos recibido. Cuestionar el régimen
del 78 sin cuestionar la impunidad del franquismo, es sólo retórica vacía de
contenido.
Pasado
mañana sábado, de la puerta del Sol de Madrid sale una de las marchas de la
manifestación, la de la Memoria histórica. Nosotros, la Federación Estatal de
Foros por la Memoria volveremos a llevar una pancarta roja con las siglas UHP
(Uníos Hermanos Proletarios), el mítico lema de la Revolución de 1934 y de la
resistencia al golpe fascista de 1936.
Compañeras,
compañeros, camaradas, nos vemos el
sábado en Madrid.
No pasarán.
(1) Franquismo S.A. Antonio Maestre. La Marea, 20 de noviembre de
2014
(2) Ricos por la guerra de España, de
Mariano Sánchez Soler. Raíces 2007
viernes, 13 de marzo de 2015
"Ni de izquierdas ni de derechas", por Manuel Lago
Manuel Lago. La Voz de Galicia, 13 de marzo de 2015
La indefinición ideológica con la que se presentan las dos fuerzas emergentes en el mapa político español, Podemos y Ciudadanos, no es un fenómeno nuevo. Sin acudir a referencias ominosas, que sería injusto utilizar y además ensuciarían el debate con su presencia, el «no somos de izquierdas ni de derechas» es una constante en el juego político. Y no solo en España.
El ex primer ministro británico Tony Blair, el impulsor de la denominada tercera vía, dijo que «en la economía globalizada no existen derechas o izquierdas, sino buena o mala gestión del espacio público». Era el 2002 y el personaje estaba liquidando al partido laborista, una organización creada por los trabajadores británicos para llevar su voz al parlamento.
Entre nosotros Felipe González lo expresó utilizando una frase del líder chino Deng Xiao Ping: «blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones» para señalar el abandono de los principios ideológicos que impuso en el PSOE hasta convertirlo en lo que ahora es.
Pero, sin duda, la principal referencia intelectual de este ya largo debate es el ideólogo norteamericano Francis Fukuyama, que en 1989, en el escenario de la caída del muro de Berlín, proclamó el fin de la historia: el capitalismo ha vencido, no existe un modelo alternativo, las ideologías ya no sirven, ahora es solo la economía. Con estos antecedentes, hay muchos más obviamente, se entiende la preocupación de los que pensamos que otro mundo es posible ante la deriva de fuerzas políticas que quieren representar a los de abajo frente a los de arriba.
Podría ser una simple argucia electoral, utilizar la indefinición ideología para intentar conseguir más votos, pero hay otros elementos que hacen temer que la cosa es mucho peor. En el discurso de las fuerzas emergentes ha desaparecido el conflicto entre clases que recorre la historia de la humanidad -y que hoy protagonizan el capital y el trabajo- y todo el debate gira en el entorno de la gestión política. El bipartidismo, la metodología en la elección de candidatos, la nueva y la vieja política o la transversalidad son los términos que han desplazado de la agenda la desigualdad, la explotación, las diferencias sociales, el enorme poder de las grandes empresas multinacionales, la especulación, los oligopolios? en definitiva, el capitalismo globalizado y desregulado que impone su hegemonía a los Gobiernos aquí y en todo el mundo.
Hay que ser claros: proclamar el fin de las ideologías, no ser de izquierdas ni de derechas, significa renunciar de forma explícita a luchar por cambiar el modelo y hacerse cómplice de los que llevan años intentando acabar con la ilusión colectiva de que es posible construir otra sociedad más justa. Es aceptar de forma resignada que la única finalidad de la política es, pura y simplemente, gestionar lo que hay. Sin más.
Un discurso que está bien para las fuerzas del sistema, para los que representan a los poderosos, para los que no quieren que nada cambie porque ya les va bien con lo que hay. Pero completamente inaceptable para los que siguen luchando por una sociedad emancipada, de hombres y mujeres libres e iguales, en la que no tenga lugar la explotación y que se reconocen a sí mismos como parte del hilo rojo que cruza la historia de la humanidad y que sí, se reivindican de la izquierda.
jueves, 12 de marzo de 2015
"El franquismo es estructural, somos nosotros", por Suso de Toro
Suso
de Toro. El Diario.es, 11/03/2015
De
cuando en cuando aparece en las noticias algún apellido que me sobresalta y me
lleva momentáneamente a un pasado tétrico. De repente oigo el apellido del
coronel que, al mando de la guarnición de artillería, ocupó mi ciudad el 20 de
Julio de 1936 o el de quien había sido alcalde por la CEDA, luego conspirador
golpista, luego nuevamente alcalde, luego juez del Tribunal Supremo…Y es que,
literalmente, nos gobiernan las mismas estirpes. (“Estirpe” esa palabra tan
querida por nuestros gobernantes) No se trata de la estirpe genética pero sí
familiar e ideológica, se transmitieron los frutos de la victoria.
Es
natural, hubo familias que desaparecidas por asesinato o por el exilio pero las
personas de aquellos apellidos ni murieron ni se exiliaron, por el contrario
reinaron. En aquel momento efectivamente hubo dos Españas, una en hueco, la de
aquellas personas que desaparecieron de un modo o de otro de la faz de esta
tierra, esos fueron los apellidos que desaparecieron y que no aparecen en las
noticias. Muchos de esos apellidos siguen enterrados en cunetas. Y hubo otra España en relieve, la de los
golpistas, los asesinos y, también, los supervivientes bajo su mando, quienes
se esforzaron en sobrevivir. ¿Además de sobrevivir se podía conservar la
dignidad? Depende, a veces.
Franco
fue, tras el ensayo de Primo de Rivera,
finalmente el “cirujano de hierro” que llevaban invocando tanto los
regeneracionistas como las clases más reaccionarias y ese cirujano extirpó sin
anestesia piernas, brazos, ojos, pulmones y entrañas. Su colega Millán Astray
fue la metáfora gesticulante de aquella España que no fue ni roja ni rota, solo
un despojo torturado.
Nadie
escoge a sus padres, no está en nuestras manos y por tanto no es nuestra
responsabilidad. No hay culpa en ser hijo o hija de nadie pero, más allá de los
afectos, un cierto sentido del deber nos conduce a comprender los actos de
nuestros padres y, frecuentemente, a justificarlos aunque sean injustificables.
Tratar con el pasado es complicado pero si hay voluntad de verdad y de corregir
los errores siempre se encuentra el modo. Sin embargo, tanto la reparación de
los daños como la corrección de errores del pasado no es posible en España
porque en la práctica nos está prohibido conocer. No probaremos la fruta del
conocimiento porque los amos de este paraíso nos condenan a la inocencia, una
inocencia perversa como la de Peter Pan.
Al
no haber habido ruptura democrática, se nos dio un cambio de régimen, pero el
franquismo perduró y se transmite. Está en las estructuras profundas del Estado
y en la cultura política que forma a muchos de sus funcionarios y está
empapando toda la vida pública. Ya no hablo de que estemos gobernados por un
partido dirigido por personas de corrupción probada y que creó una red de
corrupción de ámbito estatal. De lo que hablo es de que en un país con cultura
democrática, eso que llamamos con bastante optimismo “un país normal”, sería
imposible que un partido que gobierna escogiese a sus candidatos electorales
por designación del jefe político. Lo que acaba de ocurrir en el PP madrileño.
Solo se puede explicar porque, efectivamente, el pasado de ese partido es el
franquismo y sigue estando en su presente. Solo eso explica que tampoco eso
cause escándalo social.
Es
la presencia del franquismo entre nosotros lo que permite que cuando decimos
esto siempre aparezca alguien para negar esa evidencia, es la presencia del
franquismo lo que permite a “la oposición responsable” actuar simulando
ignorarlo para poder seguir con enjuagues y trapicheos.
Y
está en todos nosotros, en nuestras familias, en nuestros vecinos, en una grada
de un campo de fútbol que anima a un maltrador a seguir abusando de su mujer a
la que llaman “puta”. En la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre que acaba de
lanzar una moneda conmemorativa, “Setenta años de paz”. Cuando Franco conmemoró
los veinticinco años de su victoria Fraga le organizó unos portentosos fastos…,
el Estado sigue contando los “años de paz”. A aquellos le llamaron “años de
paz”, se lo siguen llamando.
Es
la presencia del franquismo lo que impidió que la Ley de Memoria Histórica, con
sus limitaciones, pudiera cumplir su función reparadora. De ese franquismo
actuante es de donde vinieron, primero, las críticas y los ataques a un
gobierno que "quería reabrir las viejas heridas fratricidas” y luego la
asfixia de la ley.
Y
es la misma presencia del franquismo lo que perdura también en mí cuando lo
reconozco en tantas cosas, tener que seguir levantando esa acta a estas alturas
es la prueba de esa presencia actuante. Sé que me moriré y esa presencia
fantasmal seguirá viva y, siento decirlo, también les ocurrirá lo mismo a
muchos de ustedes. Así es la vida por aquí.
martes, 10 de marzo de 2015
"El apolítico, vanguardia del reaccionariado", por Pedro L. Angosto | 20 Junio 2013
El
apolítico, vanguardia del reaccionariado
Pedro L. Angosto. Nuevatribuna.es 20 Junio 2013
Un día de 1976 nos encontrábamos en clase de griego en el
Instituto Público de Caravaca. Dábamos etimología. El profesor, Don Juan
Romera, preguntó a uno de mis compañeros por sus ideas políticas. Un tanto
perplejo y huidizo mi amigo le dijo que él era apolítico. Don Juan, que era un
magnífico profesor, le explicó que eso no podía ser porque si era apolítico,
era también apersona, que todas las personas tenían ideas políticas y debían
manifestarlas para combatir la ignorancia y la indolencia y conquistar nuevas
parcelas de libertad y justicia. Luego nos leyó el célebre pensamiento de Bertolt
Brecht: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no
participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el
precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los
remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro
que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe
que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor
de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las
empresas nacionales y multinacionales”. Durante el resto de la clase estuvimos
debatiendo a Brecht llegando a la conclusión irrefutable de que nadie podía ser
apolítico y que quién así se definía eran personas medrosas de ideología
derechista muy próximas al lumpen, clase social sin conciencia de serlo,
situada por debajo del proletariado y dispuesta a hacer cualquier atrocidad por
cuatro perras para favorecer la estrategia del “amo”.
Se insiste mucho en algunos medios no lobotomizados sobre la
escasa contestación ciudadana contra la brutal política antidemocrática
–entendido el término en su sentido literal y esencial- que está poniendo en
práctica el partido que gobierna España y los que gobiernan la UE. Se dice que
por decisiones mucho menos duras que las que hoy nos impone la derecha
reaccionaria, hace treinta años se habría armado la de dios es cristo. Unos
afirman que es por el colchón familiar, otros que por las pensiones de los
abuelos, otros que por esa miseria de 400 euros que se da a quienes ya no
tienen derecho a la prestación por desempleo. Y creo que son ciertas todas esas
explicaciones, que el conjunto de todas ellas hacen que quienes más estén
sufriendo la crisis hayan entrado en una especie de letargo que les impide
reaccionar como las leyes de la naturaleza obligan ante agresiones que ponen en
riesgo la propia subsistencia y la de tu prole. Pero con ser ciertas no impiden
que haya otras causas que nos ayuden a comprender porque ahora mismo el país,
el continente no esté ardiendo por los cuatro costados ni que los responsables
–que tienen todos nombre y apellidos- de esta inmensa estafa y de este bestial
retroceso en el tiempo no estén ahora mismo refugiados en la parte más helada
de la Antártida.
Durante la dictadura franquista el catolicismo lo impregnaba
todo y consiguió meter en el tuétano de los huesos de la mayoría de los
habitantes de este país el virus de la resignación. Recuerdo los increíbles
“razonamientos” con que los clérigos nos sermoneaban a diario para hacernos
“buena gente” de mañana: “Si te rompes una pierna, da gracias a Dios porque no
ha querido que te rompas las dos”; “si se te muere tu padre, da gracias porque
Dios se lo ha llevado y todavía te ha dejado a tu madre”; “si te acuestas con
hambre, da gracias a Dios porque te permite dormir…”. La resignación cristiana
y la represión fascista fueron el caldo de cultivo en el que creció el
apoliticismo. Al criminal Franco se atribuye aquella frase propia de un besugo
que decía: “Ustedes hagan como yo, no se metan en política”. Mientras, firmaba
penas de muerte a destajo. El caso es que durante los años anteriores a la
muerte del tirano y los que siguieron sólo unos cuantos cientos de miles de
españoles se movilizaron y se la jugaron para conseguir el regreso de la
democracia. El resto, aunque duela decirlo, iba a lo suyo, igual que hoy,
recelando de cualquier persona que hablase de cambiar las cosas, de libertad,
de igualdad o de cosas tan peregrinas como el derecho de todos a la Educación y
la Cultura.
Los pactos de la transacción, entre otros muchas cosas, obviaron
la debida y obligada atención que toda democracia debe a la Educación del
pueblo, a elevar su nivel cultural y excitar su espíritu crítico. Pese a todo,
durante unos cuantos años, los que van desde principios de los ochenta a la
llegada de Aznar al poder, se crearon magníficas universidades públicas, se
restauraron cientos de teatros abandonados, se fundaron universidades
populares, casas de cultura y centros de alfabetización, aunque, al mismo
tiempo, se fueron entregando –sobre todo por los gobiernos autonómicos, con
competencia plena en la materia- parcelas educativas cada vez mayores a la
Iglesia, y la Iglesia católica española sólo sabe de nacional-catolicismo, que
para eso lo inventó. Ese prolongadísimo descuido hizo reverdecer a partir de la
década de los noventa la figura del apolítico, esa persona que nos encontramos
en el metro, el autobús, en el bar, en la calle, vociferando y despotricando
contra quienes intentan hacer leyes justas y contra quienes en las calles
exigen que la democracia lo sea de verdad. El apolítico está en todas las
clases sociales, es, como ahora se dice, un ser transversal. Si tiene posibles
y es de “buena estirpe” puede presidir una cofradía de Semana Santa, un equipo
de fútbol, una asociación de damas de la caridad o, incluso, presidir un
gobierno; si su extracción social es baja puede ser excelente manigero,
correveidile, intoxicador o desmovilizador social en constante alerta, siempre
pendiente de que “el amo” aplauda su voz y sus actos a la espera de una
canonjía o un puestecito para sus hijos y sobrinos en la consejería que sea de
la comunidad o ayuntamiento que sea. Es un ser miserable, carente de ética,
contrario a la moral pública, un ser primario muy poco evolucionado al que no
interesa cosa alguna que no esté muy directamente relacionada con él o con los
intereses del que “manda de toda la vida”. Luego está, dentro del mismo gremio,
una inmensa tropa de presuntos indiferentes que nunca expresan sus ideas ni
muestran interés alguno por la cosa pública, pero que son al final quienes, con
su ignorancia, indolencia, voto o abstención, deciden quién nos va a gobernar a
todos.
Aunque parezca mentira, los efectos de la estafa
financiero-ladrillera urdida por Aznar, Rato y la banca española y mundial,
además de los inmensos daños económicos causados a la mayoría de los ciudadanos
de este país, trajo un destrozo si cabe mayor: El embrutecimiento radical de
una parte sustancial de nuestros conciudadanos, y el bruto es un “apolítico
resignado” que siempre está dispuesto a plegarse ante los abusos de los
poderosos y a morder con saña a quien se la juega luchando por el interés
general, incluido el suyo. Son la vanguardia del reaccionariado, el brazo
armado de los sátrapas, corruptos y malhechores de guante blanco y negro.
"El Concordato no es solo el culpable", por Víctor Moreno
El
Concordato no es solo el culpable
Víctor Moreno | Escritor y profesor.
Nuevatribuna.es | 06 Marzo 2015
Una forma habitual de descalificar los Acuerdos con la santa
Sede (1979), derivados del Concordato (1953) es caracterizarlos como acuerdos
preconstitucionales o paraconstitucionales. Incluso, se los ha considerado como
anticonstitucionales.
Digamos que los Acuerdos, tanto los redactados en 1976 como en
1979, son hijos putativos del Concordato. En realidad, son el Concordato.
Presentados con otro nombre han intentado borrar de ellos la semántica
franquista que los delata.
Pero, los acuerdos, se llamen como se llamen, sangran. Fueron,
lo siguen siendo, un botín de guerra suculento con el que los franquistas
pagaron a la Iglesia –“sociedad perfecta”, se le denominaba en el primer texto
del Concordato-, por su gran servicio prestado antes, durante y después de la
Guerra Civil al gobierno de los militares facciosos.
Por esta razón, llama la atención que la Ley de Memoria
Histórica -aprobada por el congreso de los diputados el 31.10 de 2007-, y que
en el capítulo dedicado a la simbología franquista, establece que los «escudos,
insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación
personal o colectiva del levantamiento militar, de la Guerra Civil y de la
represión de la dictadura» deben ser retiradas, no incluyera en esta higiénica
limpieza el texto de los Acuerdos con la Santa Sede, toda vez que estos
representan, no solo simbólica sino realmente, el mayor enaltecimiento que se
haya hecho del franquismo y del nacionalcatolicismo de una Iglesia totalitaria,
sin la cual difícilmente la dictadura del Innombrable se hubiera mantenido en
el poder a lo largo de tantísimos años.
En la actualidad, ya no se discute si estos Acuerdos son
constitucionales o anticonstitucionales. Y aunque se hiciera no tendrían
ninguna consecuencia práctica. Ya es sintomático señalar que ninguna instancia
política o jurídica de este país ha presentado un recurso contra dichos
acuerdos en el Tribunal Constitucional durante estos casi cuarenta años de su
existencia.
Lamentablemente, dichos acuerdos funcionan por encima de la
misma constitución. De hecho, sus contenidos concordatarios determinan de forma
práctica cómo serán las relaciones de cooperación entre la Iglesia y el Estado,
aunque la propia constitución no las sugiera ni establezca de ningún modo
específico. Por poner un ejemplo. El artículo 27. 3 de la constitución
establece que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los
padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de
acuerdo con sus propias convicciones”, pero no dice que el gobierno tenga que
pagar salarios a obispos y sacerdotes, ni a los profesores que imparten
religión en las escuelas públicas.
El espectáculo actual, como resultado de dichos acuerdos, es
deplorable, digno de una España negra, donde se da una invasión tan abrasiva de
lo público por lo confesional católico, que convierte la declaración
constitucional de la aconfesionalidad del Estado (16.3) y el derecho a la
libertad de conciencia del individuo (16.1), en papel de fumar.
De hecho, la aconfesionalidad del Estado constitucional sigue
sin estrenarse, no habiendo recibido hasta el momento ningún desarrollo
orgánico legal, sea por vía de orden, decreto o circular firmados por el
Gobierno de turno. Por el contrario, el derecho a establecer los currículos de
la enseñanza religiosa en escuelas e institutos derivan, según sus propias
palabras, de los acuerdos entre la santa Sede y el Estado. Una decisión que
choca frontalmente contra la declaración de aconfesionalidad y de libertad de
conciencia que la propia Constitución establece. Es curioso indicar que para
desarrollar dicha cooperación entre Iglesia y Estado, el Gobierno de la Nación
no ha mostrado escrúpulo alguno en hacerlo de ese modo confesional católico,
pero no ha invertido un minuto en cómo aplicar en la vida pública e
institucional el alcance de tal aconfesionalidad.
Recordemos que en España seguimos con una Ley Orgánica de
Libertad Religiosa de 1980, esa ley que en el 2010 el gobierno de R. Zapatero
quiso modificar, apelando a lo que entonces se llamó “desarrollo de la laicidad
del Estado". Entre otras tímidas medidas, se pretendía prohibir la
presencia de símbolos religiosos -como el crucifijo cristiano- en edificios
públicos y proponer la búsqueda de fórmulas para hacer funerales de Estado
civiles, sin ceremonias religiosas. Así mismo, se quería extender a otras
religiones de "notorio arraigo", algunos de los privilegios que
disfruta(ba) la mayoritaria confesión católica, a la que el Estado financia con
unos 6.000 millones de euros anuales.
El incumplimiento de la aconfesionalidad por parte de la clase
política es absoluto
En la práctica, la aconfesionalidad es un fantasma. No se
practica en los ámbitos de la esfera pública institucional que le deberían ser
propios. Ninguna institución pública –empezando por el propio Gobierno y su
jefatura monárquica-, debería dar muestra de confesionalidad religiosa. Sin
embargo, las transgresiones de dicha aconfesionalidad han sido permanentes
desde que se aprobó la constitución en 1978. En mi libro Santa
Aconfesionalidad, virgen y mártir (Pamiela), se ofrecen multitud de ejemplos de
estas conculcaciones en todos los ámbitos públicos.
El pluralismo religioso y confesional que consagra la
constitución no se ha respetado jamás. Los primeros y máximos transgresores han
sido, precisamente, los políticos; es decir, quienes firmaron su carácter
aconfesional en la constitución.
El incumplimiento de la aconfesionalidad por parte de la clase
política es absoluto. Y no parece que dicha transgresión y delito quite sueño a
quienes se pavonean de representar la ciudadanía de este país. No solamente
asisten a celebraciones religiosas en nombre propio y de la ciudadanía, sino
que, antes de hacerlo, jurararán sus cargos ante símbolos religiosos
confesionales. Pero no nos desanimemos. Hospitales, universidades, cementerios,
escuelas, institutos, ejército y ayuntamientos rezuman prácticas confesionales
católicas a todas horas. En estas instituciones se incumple constantemente el
respeto al pluralismo confesional y no confesional de la ciudadanía.
Ya es un tópico indicar que la mayoría de los pueblos y ciudades
de este país en cuanto llegan sus fiestas patronales se colocan fuera de la
constitución, faltando al respeto que se debe a la pluralidad confesional y no
confesional de la ciudadanía.
¿Por qué sucede todo esto siendo tan clara la declaración de
aconfesionalidad por parte del Estado? ¿Cómo se puede ser tan permisivo con el
incumplimiento de unos artículos de la Constitución, siendo esta tan exigente
en otras esferas de la realidad política y social del país?
Convendría no ser ingenuos y no limitarse únicamente a acusar de
forma exclusiva y excluyente los acuerdos con la santa Sede como causa
explicativa de esta grave anomalía e incongruencia entre legislación y
conductas públicas.
Aunque desaparecieran los acuerdos –lo que estaría muy bien,
aunque solo fuera por cuestión estética-, el problema de fondo seguiría
subsistiendo y la mayoría de las prácticas confesionales de este país seguirían
sucediéndose tal y como las conocemos en la actualidad.
En la vida hay cuatro cosas fundamentales: comer, dormir,
actividades fisiológicas mayores y menores y joder, o dicho al modo clásico,
hacer la picardía. Cuando falla alguna de ellas, la gente echa mano de la
papiroflexia, el macramé, el parchís, la literatura, el arte, la filosofía, la
metafísica y, para decirlo de forma resuelta, la religión.
La religión forma parte de ese conjunto de soluciones con las
que el ser humano se ha dotado para explicar, justificar y mitigar algunos de
los efectos negativos de sus anomalías y carencias como sujeto de la especie.
La religión es una de las peores soluciones, si no la peor, que el ser humano
ha encontrado para explicarse su radical insuficiencia existencial. Lo es,
porque las soluciones que busca a sus problemas las encuentra fuera de sí
mismo, refugiándose en explicaciones ajenas a su propio ser. Convierte la
religión en superstición, y la superstición en religión. Huye de la inmanencia
y autonomía moral, para refugiarse en la transcendencia y heteronomía
religiosa.
España ha sido uno de los países que más ha valorado la religión
a lo largo de su historia, tanto que hemos sido capaces de matar y morir por
ella durante siglos. Iglesia mediante, claro. La religión ha sido el humus
nutricio de la tradición, de las costumbres, de los usos, de los ritos y de la
mentalidad que todavía sigue usándose como justificación existencial de lo que
al ser humano le pasa y, sobre todo, lo que no le pasa. Es bien sintomático que
los fundamentos en que se basan los obispos actuales para enseñar religión en
las escuelas y en los institutos partan de la idea de que el ser humano no
puede ser feliz ni humano sin creer en Dios… Los ateos son una anomalía de la
especie. Para la iglesia es mejor votar a un corrupto que a un ateo. Porque la
mayor corrupción existente es ser ateo.
A esta gente, que se considera además de representante oficial
de las tradiciones y de la tradición religiosa nacionalcatólica, hacerles ver
que la defensa de la aconfesionalidad y del laicismo no es incompatible con
creer en Dios es como pretender explicar a una babosa del campo la teoría de la
gravedad. No han comprendido siquiera que creer en Dios o no creer no nos libra
de ser unos asesinos, unos crápulas y unos degenerados. De hecho, la población
reclusa de cualquier país del mundo está llena de gente que alardea de creer en
Dios y en su santa madre. Y no hace falta apelar a la existencia de tanto
pederasta ensotanado, porque acabamos de hacerlo.
¿Por qué resulta tan imposible que esta gente entienda que el
respeto al pluralismo confesional y no confesional forma parte del Derecho, y
que una sociedad no tiene arreglo si su conducta se fundamenta en tradiciones,
costumbres y usos cuyo fundamento empírico está fuera de la propia sociedad?
¿Por qué resulta tan difícil de entender que solo aquellos valores, verificados
empíricamente sobre la base de verdades discutidas, constituyen el único lazo
posible con el que las personas, sean del credo que sean, pueden establecer
vínculos reales de unión?
La creencia en Dios no es compartida por todos los seres
humanos; luego no puede ser un buen fundamento y un buen vínculo civil para
establecer leyes y reglas de comportamiento que afecten a todos.
Pero desengañémonos. Si la sociedad española asumiera de forma
consciente el carácter aconfesional de la propia constitución, y, pongo por
caso, no llevase sus hijos a clases de religión impartida en escuelas públicas,
seguro que, entonces, el Gobierno comenzaría a mirar de reojo los dichosos
acuerdos.
Si los alcaldes de pueblos y ciudades de España asumieran de
forma práctica el carácter aconfesional de los ayuntamientos que representan, y
no asistieran, por ejemplo, a ninguna celebración religiosa en nombre de la
ciudadanía a la que usurpan confesionalmente, seguro que entonces la Iglesia
empezaría a rebajar sus humos totalitarios nacionalcatólicos.
Pero mientras dure la actual actitud de la sociedad y de los
ayuntamientos, tanto el gobierno como la iglesia tendrán motivos más que sobrados
para seguir actuando de un modo arbitrariamente confesional.
Los Acuerdos derivados del Concordato tienen su parte de
responsabilidad en la degradación confesional en que está sumida la sociedad
española, pero el resto responsable pertenece a la propia sociedad que aún no
ha rechazado el soborno y el chantaje al que la somete una religión orquestada
por quienes han hecho de ella una forma organizada de capitalismo salvaje, con
el consentimiento de unos partidos políticos y Gobiernos resultantes –sean socialistas
o de la derecha ultramontana-, a quienes la aconfesionalidad les importa un
rábano; especialmente, porque nadie mejor que ellos saben que defenderla no
suma votos, sino todo lo contrario.
Hay quienes piensan que, solo derogando los Acuerdos con la
santa Sede y organizando la vida pública institucional según criterios no
confesionales, se podría avanzar en el respeto al pluralismo y a la libertad
individual de los seres humanos. Ojalá fuese así, pero me temo que el ser
humano ha sido siempre muy reacio a cambiar su forma de ser y de estar en el
mundo mediante leyes, sobre todo cuando estas tratan de tocarle el magro de sus
creencias y de sus tradiciones de toda la vida… y, si son religiosas, ni para
qué contar.
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