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domingo, 8 de agosto de 2010

La clave es saber quién manda, por Pascual Serrano

Reseña: “La trastienda de la crisis. Lo que el poder económico quiere ocultar”, de Juan Francisco Martín Seco

08/08/2010. Pascual Serrano/Le Monde Diplomatique

Han aparecido numerosos libros que dicen explicar la crisis económicas y hasta plantean propuestas para salir de ella. Para elegir los más idóneos habría que plantear las siguientes condiciones:

Que estén elaborados por autores que advirtieron de la crisis y cuyas propuestas no fueran las aplicadas hasta ahora. No debemos ser tan estúpidos como para pensar que algún experto económico que nunca habló de crisis nos quiera contar ahora cuál es la solución.

Que se comprenda. Parece una obviedad, pero todavía tenemos el complejo de pensar que si no entendemos un libro de economía es porque no estamos suficientemente cualificados en la materia y la realidad es que el autor no tiene suficiente capacidad pedagógica, o lo que es peor, posee como objetivo contar las cosas de manera que su discurso aparente poseer la virtud de la infalibilidad técnica a costa de abrumarnos con su vocabulario y circunloquios.

Que el autor deje claro en todo momento que por encima de la economía está el ser humano.

Pues bien, Juan Francisco Martín Seco cumple esas condiciones en el libro que nos ocupa.

Este ex Interventor General de la Administración del Estado y Secretario General de Hacienda, no obvia los elementos internacionales de la crisis, pero aporta las características propiamente españolas que ayuda a identificar a los culpables. Algunas aportaciones son de sobra conocidas: avaricia de los banqueros, burbuja inmobiliaria, pero otras resultan doblemente interesantes porque desmonta tópicos, Uno de ellos, el de considerar la devaluación de la moneda como un mal en sí misma, cuando, en realidad, según sus palabras, el mal se encuentra en las condiciones económicas que la hacen necesaria. Es decir, son la medicina, no la enfermedad. Y aquí entra su demoledora crítica a la unión monetaria que ha imposiblitado la devaluación de la moneda nacional con lo que la catástrofe sólo se ha aplazado para terminar siendo peor.

Nuestro autor incluye también una reflexión mitad económica, mitad filosófica en torno al concepto de libertad, la paradoja de la libertad. Esa libertad que nadie discutía la necesidad de limitarla en el ámbito político y social (al fin y al cabo la propiedad privada consiste en limitar la libertad de todos para apropiarnos de lo que se considera de uno), los neocons la consideraron ilimitada en la economía. De modo que el neoliberalismo impuesto a partir de los ochenta nos llevó al siglo XIX. Con el agravante de que la globalización económica nos ha abocado a unos mercados globalizados con un poder político recluido en el ámbito del Estado y, por tanto, sin capacidad de actuación. Esta desproporcion de poder requiere, “o bien un gobierno mundial, lo cual no parece demasiado factible, o bien devolver a los Estados nacionales el poder y la capacidad para limitar la libre circulación de capitales”. Para el autor -y para cualquiera que aplique un mínimo sentido común-, “resulta insostenible un sistema económico en el que las empresas pretendan producir en los países con salarios bajos y y protección social y laboral inexistentes, y vender después sus productos en otros en los que el nivel de vida sea elevado”.

Otro tópico neoliberal que desmonta es la obcecación por el déficit público, sobretodo en quienes nunca mostraron preocupación por el endeudamiento privado, sin duda porque les permitía continuar con su enriquecimiento mediante el préstamo y la hipoteca bancaria y mediante un consumo privado -en el caso español, inmobiliario- que sólo estaba retrasando la explosión de una burbuja.


Todos los parámetros sagrados son desmontados brillantemente por Martin Seco. El aumento del PIB español fue una falacia porque la población también aumentó (en cinco millones) y la renta per capita no indica lo ricos que somos porque depende de cómo la va a cada uno la fiesta, y menos todavía si la mayor parte del sueldo se debe destinar a conseguir una vivienda.

En conclusión, la reivindicación de Martín Seco, no por reiterada desde la izquierda menos necesaria, es la de insistir en que el poder político -democrático- debe estar por encima del político. De que si un estado de Derecho es el que proporciona seguridad jurídica, un Estado social debe garantizar la seguridad económica y social. Y para ello no se puede dejar al poder económico en total libertad. Las recientes medidas económicas planteadas por Rodríguez Zapatero sólo ha mostrado que eso es lo que ha sucedido, que hace mucho que los políticos dejaron de gobernar. El dilema es si querrán recuperar ese poder que en democracia debería ser de todos y ahora está en los dueños del dinero, o querrán parecer decentes bajándose el sueldo un 5 % mientras dejan que los banqueros se lo tripliquen.

Juan Francisco Martín Seco. “La trastienda de la crisis. Lo que el poder económico quiere ocultar”. Península. Madrid, 2010

http://www.pascualserrano.net/libros/la-clave-es-saber-quien-manda

miércoles, 3 de febrero de 2010

"Davos y las pensiones", por Juan Fco. Martín Seco, hoy en Público

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO, Economista

Fue precisamente en Davos, hace más de una década, cuando Tietmeyer, entonces gobernador del poderoso Bundesbank, decretó el fin de la soberanía popular. “Los mercados serán los gendarmes de los poderes políticos”, dijo. Era el grito de guerra de un nuevo capitalismo triunfante que, fundamentado en la libre circulación de capitales, se postulaba sin límites ni barreras y que exigía que todo se rindiese a la lógica del mercado.

Se ha visto a dónde nos ha conducido tal sistema: al borde del abismo. El año pasado, en febrero, las fuerzas económicas y sus satélites acudieron también a Davos, aunque en esta ocasión fueron humildemente, recubiertos todos ellos con el sayal de penitente y dispuestos a implorar al sector público que los protegiese del caos.

Pero ha bastado un año, sólo un año, para que vuelvan a las andadas y, una vez salvados, sin importarles un ápice los cadáveres que dejan atrás, han regresado desafiantes a la ciudad de los Alpes dispuestos a plantar cara a los gobiernos, a imponerlos sus condiciones y a impedir cualquier regulación.

Como manifestación de su poder, han sentado en el banquillo de los acusados a tres países, no del Tercer Mundo sino de la Unión Europea –España, Grecia y Lituania–, escogiendo como fiscal al presidente del Banco Central Europeo y como jueces, a las agencias de calificación, las mismas que contribuyeron a la crisis dando la máxima valoración al papel basura que infectó la economía internacional. Y lo peor es que, al menos en el caso España, su estrategia ha tenido éxito, porque el Gobierno –tras caer inocentemente en la trampa de comparecer en tal foro– se ha apresurado a dar un giro a la derecha y a asumir las tesis de las fuerzas más conservadoras.

El Gobierno presenta un plan para realizar fuertes recortes del gasto en un presupuesto que apenas lleva un mes en vigor. Poco importa que la economía española se encuentre aún lejos de salir de la crisis y que estas medidas contradigan los planes de estímulo y obstaculicen la recuperación. De nada vale que el stock de deuda pública sea de los más bajos de la Unión Europea y que nuestras dificultades provengan del endeudamiento privado y no del público. No cuenta que nuestro déficit se haya originado fundamentalmente por la contracción de la recaudación, causada en parte por la baja actividad y en parte por una política fiscal que durante estos últimos 12 años ha desarmado los tributos progresivos. Qué más da que la congelación de la oferta pública de empleo lo único que consiga sea incrementar el enorme paro existente. Es igual, los mercados han hablado y hay que obedecer.

El Gobierno ha asumido la tesis de la derecha de que el sistema público de pensiones es inviable y hay que reducir, por tanto, las prestaciones. Resulta lo mismo que las proyecciones demográficas sean todas cuestionables. De nada vale afirmar que en ninguna parte esté dicho que sean únicamente los trabajadores los que tengan que sostener con sus cotizaciones las pensiones, como si los otros impuestos no contasen, principalmente los que se giran sobre las sociedades y las rentas de capital. Es igual, los mercados se han manifestado y hay que inclinarse ante ellos.

http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial/453/davos-y-las-pensiones/

domingo, 30 de agosto de 2009

Subir impuestos a los ricos, por Juan Francisco Martín Seco

Público, 28 de agosto 2009

Con motivo del globo sonda lanzado estos días de atrás por el Gobierno sobre una posible subida de impuestos, ha vuelto a surgir una cantinela un tanto peligrosa: no es posible subir los impuestos a los ricos, ya que cuentan con mil formas de eludirlos. Este argumento se encontraba detrás de las distintas contrarreformas fiscales del PP –incluso de las del PSOE– para reducir el tipo marginal máximo en el IRPF o para dar un trato de favor a las rentas de capital con respecto a las del trabajo. Se ha utilizado también para denigrar el Impuesto de Sucesiones y el de Patrimonio; se intenta vender la idea de que, dado que el sector público se muestra incapaz de crear impuestos verdaderamente progresivos, vayamos a tributos simples y lineales.

Lo malo es que todas estas zarandajas las ha comprado la izquierda. De ahí que el PSOE en la oposición propusiese el tipo único para el IRPF. Como era de esperar, en el Gobierno no se atrevió a implantarlo, pero lo que sí ha eliminado es el Impuesto sobre el Patrimonio. Y como los ricos no lo pagaban… Me consta que una de las principales fortunas del país –enterado de la noticia y pensando en el dinero que iba a ahorrarse– no pudo por menos que exclamar, lleno de júbilo: “No sabía yo que fuese tan socialdemócrata”. Es poco probable que los jornaleros, albañiles, camioneros, administrativos y demás trabajadores sufriesen un ataque similar de alegría. Y es que, como dice nuestro presidente de Gobierno, bajar los impuestos es de izquierdas.

Desde hace más de 20 años vengo denunciando en la prensa las distintas contrarreformas fiscales y ataques a la progresividad que ha sufrido nuestro sistema tributario, especialmente por lo que respecta al IRPF; pero, así y todo, examinemos algunos datos de este tributo. El 4% de los contribuyentes aporta el 37% de la recaudación, y aproximadamente el 20% de esta se obtiene del 1% de declarantes, aquellos que cuentan con una base imponible superior a los 120.000 euros anuales. Los 10.580 contribuyentes (el 0,06% del total) con ingresos declarados superiores a 600.000 euros tributan por término medio al año más de 400.000 euros, aportando así más del 6% de toda la recaudación. ¿Podemos afirmar que el impuesto no es progresivo?

Si de verdad se quiere subir los impuestos a los ricos hay múltiples formas de llevarlo a cabo. Se podría comenzar por abolir la Sociedad de Inversión de Capital Variable (SICAV), que es donde se esconden buena parte de las grandes fortunas. Habría que reformar también la Ley General Tributaria para eliminar todos los posibles mecanismos de elusión. Se deberían integrar de nuevo las rentas de capital en la base general del IRPF, eliminando así el trato de favor de que gozan en la actualidad.

Se podría elevar el tipo marginal a los contribuyentes de ingresos elevados y, sobre todo, habría que establecer unos impuestos sobre Sucesiones y Patrimonio verdaderamente progresivos, que dejen exentas a las clases bajas y medias y graven a las rentas altas. Lo que no resulta demasiado creíble es que lo vaya a realizar un Gobierno que acaba de eliminar el Impuesto de Patrimonio.

http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial/293/subir-impuestos-a-los-ricos/